Encuentro fatal con final inesperado. Reapertura.

Ambos ahora son casi idénticos al ambos que fueron hace unos años. Se miran y se escuecen. Nadie alrededor, excepto el camarero estúpido y fugaz, advierte la tensión a este lado de la cafetería, donde —es curioso— prácticamente nadie está tomando café. Quien los mirase podría pensar que son la pareja perfecta; pero son Las Vegas y París, son Herzog y Kinski, Lennon y Mick Jagger, una pompa de chicle de limón estallando en la tristeza de un funeral. 

—Pues, ¿no cree usted que va siendo hora de despertarse, desperezarse y volver a comenzar?
—¿Desde la perspectiva de la madurez, la serenidad, y el tiempo que no tenemos?
—Puede —jodido idiota, piensa antes de continuar —que no quede nadie para escucharnos, pero ¡qué más da! Digamos lo que pensemos y si nos retiramos que sea, cuanto menos, por voluntad propia.
—Nos cansaremos. —responde, con espuma en el labio superior.
—Previsible y cierto pero, si no lo intentamos nunca lo confirmaremos. ¿No es motivo suficiente? ¿Necesitamos una oleada de groupies agarrándose a nuestros pies, nuestros teclados, nuestros torpes dedos, rogándonos una vuelta que dé sentido a su vida?

Ella finge un entusiasmo que no existe y no lo hace nada mal. Él espera que le insista, que le halague, o al menos que sea ella la que pague la cerveza. En este punto la conversación se hace obvia, casi aburrida. Ambos saben que lo harán, que después de todo la experiencia les dice que pueden hacerlo. Apenas se miran, mantienen la expresión de quien plantea una estrategia infalible o planea el atraco final.

—Eso sería genial. ¿De cuántas groupies estamos hablando? —se incorpora con el gesto de un sagaz imbécil.
—Nótese que nunca hablé en femenino.
—Ya empiezas a joder... ¿Y qué será esta vez? ¿Qué mierdas nos pueden pasar por la cabeza que merezcan ser contadas?
—Quizás la pregunta correcta sea, ¿para qué? —para qué le propongo esto a un seudomacarra, piensa ella sin pronunciar.
—Dime al menos que seremos ricos de nuevo.
—¿De nuevo? Cuéntame cómo fue la experiencia porque yo no recuerdo esos tiempos.
—¿No puedes dejar de destruir mis ilusiones tan solo durante los veinte minutos que dura nuestra conversación de inicio para la reapertura de El viejo y el bar?

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