Figuración y diciembre.

Poco puedo contar del tiempo que pasé con Mara. Apenas ella intentaba enseñarme alguna cosa nueva, ya se tratara de algo absurdo o fuera imprescindible para mí, yo levantaba los brazos y salía de la habitación, o corría para alimentar al perro sin ofrecer explicaciones. Adquirí por aquel entonces la necesaria habilidad de saber huir siempre en la dirección apropiada. Nuestra relación siempre fue muy pragmática, en muchos de nuestros encuentros no intercambiamos más de siete u ocho palabras. Si nos encontrábamos en una cafetería, pedía un zumo de piña con la mirada clavada en mi rostro, como un ave rapaz, con el gesto cruel que siempre me hizo rabiar de amor por ella. Mara sabía que yo era alérgico a la piña y no me dio jamás una razón sobre el tremendo placer que sentía con aquello; yo tomaba café solo y le decía sos una hija de puta, con un acento porteño como el suyo, que lo convertía todo en un asunto mucho más hermoso y literario.

Con ternura nos hacíamos daño, y nos mirábamos con frío. Me enseñaba cosas que aprendió de su trabajo. En más de una ocasión trajo a nuestro encuentro anual algún insecto deformado que debió de haber sacado esa misma mañana del laboratorio, lo mostraba con la nada secreta intención de horrorizarme y desaparecía después rápidamente, como una niña tonta calle arriba, sin decir nos vemos el año que viene, o pensé mucho en ti durante estos meses.
Las cosas, en su orden estricto, fueron ocurriendo en los momentos en que debían ocurrir. Así pasaban los diciembres sucios con las avenidas repletas de imbéciles y enamorados, mientras los años se quedaban atrás de nuestras espaldas tiroteadas en un azar de posibilidades que poco importaban hasta el encuentro siguiente. Inverosímil forma de querernos.

El tiempo que pasé sin ella fue como la concepción de un relato breve que no quisiera recordar, y que de ninguna manera viene al caso.

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