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El tipo vestía desastrosamente. Cuando acudía a las boutiques de su ciudad, sentía un incómodo fuego intestinal que anunciaba la certeza de que aquello sería una vez más tarea imposible. Decididamente arrancaba, por ejemplo, un abrigo verde afelpado del perchero. La prenda habría sido escogida de entre otras horas antes, en el catálogo de ofertas que le solía llegar a estas alturas del mes. Todo mecánico, sencillo, sin opciones de fallar o confundirse. Había estado practicando mucho y lo estaba haciendo, se decía a sí mismo, tal y como lo había planeado. El abrigo preciso era estrujado con fiereza contra su cuerpo en un gesto patético. Sabía que si alguien lo estuviera mirando pensaría de él que se trataba de un imbécil, pero no importaba. Había llegado el momento, notaba  crujir al monstruo azul de las otras veces. Retroceder, salir corriendo, dejar caer la pieza de ropa en cualquier sitio y regresar a casa, tomar una cerveza y maldecirse; pero ya estaba allí, ante la joven dependienta que, apenas había llegado al mostrador le pedía, parecía exigirle, el abrigo.

—¿Le ha gustado este, señor?
—No —respondía confuso—, en absoluto.
—¿Lo comprará de todos modos?
—De ninguna manera. 

Quedaba avergonzado, se marchaba triste y sin el abrigo verde, a veces con una espantosa camisa roja que no se pondrá ni para andar por casa. Al principio le enfurecía no poder tomar café solo con sacarina y un cruasán, y la imposibilidad de conversar en el ascensor sin parecer un majadero le resultaba exasperante. El Hombre Que Siempre Decía Lo Contrario De Cuanto Quería Decir, mantenía una existencia lamentable, casi trágica.
Por las noches fantaseaba. Ideaba que había alguien con quien compartir sus palabras antagónicas.
A menudo se llamaba Julia y era más o menos hermosa. Escuchaba todo lo que él nunca decía atentamente, y tenía un método implacable para vestir con elegancia las terribles prendas —incluso las más rojas—, que él jamás hubiera querido comprar.

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