Hijo de Puta I

En aquella época trabajé como redactor en una envasadora de azúcar. El puesto me lo ofreció un viejo conocido dispuesto a interceder por mí ante el director de la empresa, un tipo calvo. Era un calvo sin más, y nada tenía de especial en su calvicie. Podríamos decir que era un calvo cualquiera, uno más en mi vida y en la de tantas otras personas que comparten en algún momento su existencia con un calvo. El asunto es que el tipo tenía plena confianza en mi trabajo y no cuestionaba mi talento como autor, redactor o lo que fuera que yo hiciese por aquel entonces. Había leído un par de artículos míos, o eso me dijo antes de hablar sobre otros aspectos como el horario, el sueldo, y la máquina de café que funcionaba, me advirtió, únicamente con monedas anteriores al dos mil siete. El trabajo consistía en seleccionar y redactar citas que después, mediante un complejo sistema que jamás me propuse analizar, serían estampadas en un sobre marrón y violeta que alguien serviría con el café en, aproximadamente —el calvo se empeñó en destacar—, mil quinientos puntos de venta de la región. Apasionante. 

Efectivamente: buscaba, copiaba, pulsaba un par de teclas, y listo. Por las mañanas pasaba el tiempo tratando de conseguir monedas anteriores a dos mil siete, ocupación que resultó ser más complicada de lo que en un principio consideré. Era, sin ninguna duda, el trabajo más sencillo y mejor pagado que podía encontrar. Apenas perdía con ello un par de horas al día, y me permitía bromear con el de mantenimiento, que no era calvo. Fui tan feliz, que pasadas un par de semanas comencé a sentirme extraño, aburrido. Podría en estos momentos, y han pasado algunos años desde entonces, tratar de justificar lo que sucedió. Podría decir, por ejemplo, que algún tipo de dilema espiritual o literario me torturaba. Sería sencillo explicar, llegados a este punto, que quién era yo para repetir y comerciar con lo que otros dijeron, construir un ensayo sobre autoría y autorización para difundir pensamientos ajenos, o condenar las posibilidades que desencadena leer, en cierto momento del día con un terrible café sobre la mesa, cosas como "el hilo de la vida se aflojaría si no fuera mojado con algunas lágrimas" —cuando me dijeron que ese era el estilo que necesitaban casi muero de la risa y pensé: joder Pit, pudiste hacerlo mucho mejor—, pero no. Seré honesto: lo cierto es que me aburría. Lo hice porque me resultaba infinitamente aburrido. 

Siempre he sabido que el aburrimiento es lo peor que le puede suceder a cualquiera, y si alguien no piensa lo mismo que yo, que le jodan. Y si no pensáis que frases del tipo "tu mujer está demasiado buena para ti, solo es cuestión de tiempo que suceda" son jodidamente más terapéuticas que "si lloras por no poder ver el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas", que os jodan. 

De manera que comencé a extender por los, más o menos, mil quinientos puntos de venta de la región, mis opiniones acerca de las relaciones personales, los bebés, la religión, Esperanza Aguirre, o los jerséis para mascotas. Si no mencioné a Alá fue por cobardía. Al principio pensé que el despido iba a ser inmediato, pero me sorprendió gratamente comprobar cómo la gente normal —dos ojos, dos piernas, un cerebro, un trabajo en un control de calidad, un camarero— desprecian la buena literatura. Para cuando quisieron darse cuenta, treinta y cinco de mis más polémicas reflexiones se hallaban impresas en más de cien mil sobres de azúcar, y estaban escandalizando a cuanto capullo se tomara un café, té, o cualquier otro tipo de infusión. Fascinante. 

Después de que el puto calvo de vida insípida que pensaba que nadie podría joderle por ser el imbécil que monopolizaba el comercio de azúcar en los alrededores me despidiera, descubrí que no me quedaban monedas anteriores al dos mil siete. Todo un drama. El de mantenimiento rio un buen rato mientras se lo contaba en la cafetería de la esquina. Casi se atraganta el muy cabrón cuando leí en voz alta lo que ponía en los sobrecitos de azúcar que la muchacha de la barra nos entregó con el café.

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