Joe's Cantina

Ramírez nunca aprendió a conducir. El muy cabrón lleva casi cuarenta años en el negocio sin haber tomado el volante una sola vez. Siempre imaginé que tarde o temprano uno de los dos terminaría apuntando su arma contra el otro dentro de mi coche. Ambos sabemos qué significan sus botas embarradas y el hijo de puta ni siquiera se ha molestado en no ponérselas esta noche, por este tipo de cosas el viejo es una leyenda. Llevo más de diez años acudiendo los domingos de ocho a diez al primer banco de la iglesia de mi barrio. Allí todos me conocen y bien saben lo que hago, con qué me gano la vida. Dos horas a la semana mirando estatuas y preguntándome qué sucederá conmigo cuando el asunto ya no dependa de mí. Más de diez años y ahora lo sé: Ramírez no temblará. Nunca lo hizo y no hay absolutamente nada que le impida deshacerse de mí. Esta noche Ramírez es Dios. 

A Dios no le importa una mierda que termináramos con Mike el otro día, la gente como Mike es basura para la comunidad. Ni siquiera yo podía creer que me costara tan poco apretar el gatillo, y ambos sabíamos lo que era capaz de inventar el malnacido para salvarse. La gente siempre hace o dice cosas ridículas justo antes de morir, nadie te mira a los ojos, de manera que al final no tiene nada de especial quitarle la vida a una persona. Se pierde el swing cuando ya no hay salvación posible, y la magia desaparece mucho antes de que puedas suplicar. Así que allí estábamos Ramírez y yo mirándonos fijamente, midiéndonos de hermano a hermano, mientras el imbécil de Mike hablaba sin parar sobre el dinero del Joe's. Solo había una diferencia entre Ramírez y yo la otra noche: yo sabía que Mike decía la verdad. Yo era Dios apuntando a la frente del cobarde de Mike. 

¿Ven a lo que me refiero? Uno puede pasarse la vida intentando no cometer errores, zanjándolo todo a su manera y viviendo en paz, pero de pronto un gilipollas te señala y solo puedes apretar una del calibre nueve en su entrecejo. Ramírez lo sabía, yo lo sabía, y hasta el jodido Michael Jackson lo hubiera sabido de estar allí. Dios te odia precisamente por eso, hijo de puta, te odia por todo lo que jamás vas a ser: te odia por no vender coches de segunda mano, te odia por no vivir en las afueras, por no pasar una tarde con tu anciana madre desde hace meses; te odia por no tener una vida normal, por no pasarle la pensión a tu ex mujer para que lleve a tu hija al parque de atracciones de vez en cuando; te odia porque eres incapaz de acudir al primer banco de la iglesia los domingos sin tu H&K en el abrigo. Así que disparé. Ramírez me miró de vuelta a Joe's como si acabáramos de sacrificar al Bulldog de su infancia. Dudó, y debe llevar unas dos semanas volviéndose el dios más hijo de puta que he visto en mi vida. Lo recojo en su apartamento sabiendo que va a matarme y aun así le doy las buenas noches, le ofrezco un trago y busco su emisora favorita. Seguramente se dio cuenta al instante, los años lo han hecho lento y sordo de un oído pero más sagaz e hijo de puta que cuando nos conocimos. Ha debido informar en Joe's y por eso estamos aquí, conduciendo hacia la más pura oscuridad. Es la primera vez en veinte años que conduzco sin saber adónde me dirijo y ni siquiera se me ocurre preguntar. De todos modos la ciudad es lo suficientemente grande a estas horas de la noche como para intentar averiguar el lugar en el que va a dispararme. 

Si eres una bestia —pongamos algo así como un roedor— te comportas como Mike. Lloriqueas y empiezas a confesarte sin sentido, hablas de tu familia y cuentas todo lo que sabes. Dices cualquier cosa que te permita esperar durante algunos instantes más el milagro. Pero cuando eres un hombre, si te levantas por la mañana y en el espejo ves a un hombre y no a una rata, sabes que mereces morir cuando y como sea, y comprendes que cuando llegue el momento no tratarás de hacer nada para que no suceda, lo asumes. Y no vas a ponerte a llorar —no voy a ponerme a llorar, le digo a Ramírez sin dejar de conducir—. El muy hijo de perra ni si quiera me contesta. 

El viejo Ramírez, una jodida leyenda.

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