La tía versátil

   Nunca antes mi tía me preocupó tanto como durante las últimas semanas. Debe ser, así lo afirmaba también el médico de la familia, cosa de la edad. Aunque Tina repetía tristemente que «quizás el cambio de temperatura» y, «ya se sabe, el periodo entre estaciones suele ser un tanto problemático para el estado de una mente tan anciana». El asunto, se mire por donde se mire, es que la tía se comportaba de una manera extraña, al principio casi divertida. Por la mañana, si despertaba antes de las diez y no le daba el desayuno, se vestía con las sábanas —estrictamente con las sábanas—, y hablaba en alguna lengua muerta en voz muy baja sin tratar de hacerse comprender. Si es que alguien nos visitaba, la situación se volvía terriblemente incómoda porque cómo apartarme de la tía, de qué manera decirle «camine, camine usted por el jardín unos instantes, pero no trate de desaparecer de nuevo», sin sonar violento o parecer un límite en sus extrañas conductas. A pesar de todo, mucho tiempo atrás la quise y ella también debió quererme mucho a mí. Me costaba, por mencionar un ejemplo cierto, reprender sus actitudes cuando trataba de coser un pajarito a la ventana. Soy consciente de que la situación puede resultar desagradable, pero con frecuencia nos asaltaba la nostalgia por las fotografías de otro tiempo, y nos sentábamos a mirar durante horas las pequeñas láminas de cobre del cajón que, pobre de la tía, ella fingía recordar. Entonces trataba de ordenarlo todo. Sentía como una fiebre por guardar la manta a cuadros en el ropero del zaguán, experimentaba una pulsión excepcional por devolver todo a su lugar correcto, cada cosa —un gorrión accidentado en el alféizar— al lugar al que según ella pertenecía.

    Lo cierto es que me indigna su ridícula presencia desvistiéndose y vistiéndose de pronto, como si fuera otras personas a las que no se pareció jamás. Siempre que oye alguna historia de su agrado, emprende su deprimente imaginación hasta convertirse en la fugaz protagonista. Fugaz, porque de repente recuerda que ayer dejaba a medias su sólida intención de convertirse en Ilsa, lo más parecido a Ilsa que una vieja tía imbécil pudiera fantasear. Por lo tanto, al instante desecha su primigenia historia para calzarse una pamela trasnochada y tratar de darme un beso a toda costa, sin importarle que alguien pueda descubrir la embarazosa situación sin aeropuerto. Me irrita su comportamiento infantil y quisiera que fuera exactamente tal y como yo la he imaginado todo el tiempo, sin interrupciones e imposturas, pero ella se desvive por cumplir con sus mentiras firmemente. Me roba el tiempo sin comprender, ignora el riesgo que su obsesión supone para mí. 
    Así pasamos los días en esta casa mi tía y yo, y también el resto de habitantes que tampoco suelen ser exactamente como yo me propongo inventar. Mi hermano Edmundo, por ejemplo, que tan pronto es un sesudo traficante como se transfigura en una mujer muy bella, atrapada por tres hombres —gabardina uno de ellos— en un vagón de tren y se dirige a algún lugar no relevante para terminar la historia que creamos. De manera que hoy terminaré con casi todos, con mi tía y con Edmundo desde luego, aunque siento algo de amor por Tina todavía. Quizás se me convierta en ave, un pajarito pequeño que una anciana trate de coser a su ventana. Ya veré.

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