Barbaria ii. (Aquí huele a zanahoria).


     Aquí huele a zanahoria, gimió Felipe mientras rodeaba con sus manos el cuello blando de Daniel. Se excitaba con cada movimiento, a cada espasmo de aquel cuerpo que ahora le pertenecía. Aquí huele a zanahoria y por primera vez en décadas Felipe dijo exactamente aquello que quiso decir. Aquí-huele-a-zanahoria, susurró por tercera vez pensando cada palabra y sonrió como un imbécil. Luego quedó tendido bocarriba, casi desnudo, como Daniel en la tierra seca de la era aquella tarde de agosto sin campanas en Barbaria. 

     Pensó que no era extraño recordar a Padre en ese instante, después de todo aquella hacienda fue su vida desde la muerte de Raquel. Algunas noches, durante la siembra, Padre acudía al dormitorio de la niña, porque decían en el pueblo que era lista y solo con mirar la estampa de San Isidro Labrador ya sabía cómo iría la cosecha en ese año. En el mesón, con los demás hombres, Padre siempre daba cuenta de las bondades de Raquel —a la que siempre había mirado como se mira a una mujer desde bien pequeña—, y a menudo relataba las torpezas de su hijo. Siempre se dijo por el pueblo que Felipe era un idiota, que no servía más que para las hierbas, y ni siquiera. Que era demasiado pequeño para sus años, que vaya un tarado bobo que no sabía ni crecer. Cuando Felipe tuvo edad para ir a escuela, Padre lo cargó de herramientas y él no tuvo más que aprender de la tierra y sus desgracias. 
     Luego todos se murieron. Después de lo de Raquel, Padre enfermó y en poco tiempo la hacienda quedó a su cargo. Felipe se acostumbró a vivir con lo que le ofrecía Don Ignacio y los tratos que le hacían algunos hombres a cambio de las zanahorias de su bancal. Hacía años que Felipe no decía una palabra, y era fácil para los otros labradores engañar al imbécil por un precio que apenas le daba para vivir, o por comida que a menudo ni los perros se acercaban a husmear. 

     Pero todo había cambiado de repente. Lo del regreso de Daniel el de Los Condes se lo había contado Don Ignacio, que siempre hablaba como si Felipe le pudiera comprender. Un regreso eventual a la aldea, le había dicho. Que ya se sabe de las miserias de las ciudades como Madrid, que nada como el pequeño municipio y sus cotidianeidades, que si los niños han de saber lo que es la tierra todavía y mientras puedan, que si la brisa de Barbaria unas semanas era lo que precisaban. Y bien sabes tú, Felipe —había dicho finalmente Don Ignacio—, cuánto han hecho los de Los Condes por el pueblo. A ver si nos llueve mayo con Daniel y nos arregla el campanario, que buena falta hace saber cuándo se toca a muerto en esta tierra. 
     Y Felipe, callado, sabía. Se acordaba de Daniel muy a menudo. Cómo iba Felipe el subnormal a olvidar a Daniel el de Los Condes. Felipe el imbécil, el de las zanahorias. Felipe el retrasado corriendo a casa otra vez sin pantalones. Felipe el renacuajo sangrando de vuelta a la era dejando atrás las burlas de los otros que eran grandes y hacían ruido. Felipe, callado desde entonces, miraba a Don Ignacio y sonreía. 

     Había sido fácil acercarse a Daniel el de Los Condes esa misma mañana. Los tarados, ya se sabe, hacen esas cosas por naturaleza, sin pensarlas. Y había resultado —dirían después los hombres en el mesón— sorprendentemente sencillo para el imbécil de Felipe llevarse a Daniel a la hacienda. Para alguien que conoce los caminos así, como si los hubiera recorrido cientos de veces. Para un endemoniado que a saber qué maligno poseyó —diría Don Ignacio a los tres días en el púlpito—. Para un invertido y un canalla que había estrangulado con sus manos a Danielito el de Los Condes. 

     Felipe masturbándose en la tarde como un enfermo mental, tendido junto al cuerpo de Daniel, mirando al cielo con la boca muy abierta. Enano de mierda. Retrasado, te vamos a reventar, y lo persiguen por el puente de los trigos. Ven aquí subnormal, y la estampita de San Isidro Labrador que le dio Madre. Felipe, renacuajo, que si sales ahora no te pasa nada, mira que te queremos enseñar las cuentas de Don Julián para que seas listo como tu hermana. Hijo de puta, sal, que si te encontramos nosotros va a ser peor. Y devoto San Isidro, patrón mío, te entregaste en el servicio a los demás. Felipito, imbécil, te vamos a contar hasta tres. Lo tuyo era para ellos y tu alma era de Dios. Uno. Felipín sal y mira lo que te traigo. Y haz que el trabajo de nuestras manos humanice nuestro mundo. Dos. Felipe, salir corriendo a la de tres, la boca seca al cielo de agosto en la tierra abierta sin campanas, coger el camino del pozo hacia la hacienda, San Isidro, patrón mío. Subnormal, ¿sabes quién soy? sal, que te traigo un regalito. Tres, pero mis piernas son pequeñas y padre quedó en el mesón por la mañana. Y dilo, tarado, dilo. Di aquí huele a zanahoria. Dilo o se te muere la Raquel. Que se muera, San Isidro, que se muera Danielito el de los Condes. Quítale los pantalones. Aquí huele a zanahoria, Felipito, dilo una vez más, que te escuche la Raquel en la ventana. Dilo tres veces seguidas, Felipín. Mira, subnormal, que te traemos las cuentas, a ver si las aprendes. Y Felipe tirado en la era, con la estampita del patrón en una mano. 
     Quiso decir que subió el río, dijo aquí huele a zanahoria. Quiso decir Raquel ha muerto y descanse en paz, dijo aquí huele a zanahoria. Quiso rezar y ni rezar podía. Luego Felipe se calló durante los años, y pasaba las tardes secas de la tierra tirado en el agosto sin campanas. El cadáver de Danielito el de Los condes tenía, así de frío, los mismos ojos que Daniel hace treinta años. 





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