DOS MUJERES Y UN BOXEADOR DE OJOS TRISTES



PRIMERA PARTE

Es inútil buscar el recodo
donde la noche olvida su viaje
y acechar un silencio que no tenga
trajes rotos y cáscaras y llanto,
porque tan sólo el diminuto banquete de la araña
basta para romper el equilibrio de todo el cielo.

Poeta en Nueva York, Paisaje de la multitud que orina.

-¿Qué crees que tienen en común un asesinato, dos adolescentes que se fugan y una vieja que vende castañas, Earl?
-¿Es un chiste, inspectora?
La inspectora llevaba media hora intentando acabar la partida de ajedrez que estaba jugando contra sí misma. Por alguna razón que no acaba de entender, iba perdiendo; así que cuando el gordo de Earl apareció por el fondo del pasillo, moviendo su masa enorme por la oficina, se alegró un poco. Solo un poco.
Earl llevaba unas carpetas entre sus dedos rechonchos y la miraba con ojos curiosos. Solo por mantener la reputación que se había construido durante todos estos meses, dijo antes de que el policía pudiera intervenir:
-No me interesa
-Pero si no sabes lo que te voy a decir
-Claro que lo sé- replicó ella como si fuera una niña y sin dirigirle todavía la mirada continuó- vas a decirme que hoy es el día en que van a matar a Felicity Palacios y que como último deseo ha pedido verme a mí.
-¿Vas a ir?

La historia de Felicity Palacios llevaba con ella desde hacía un año. Todo había comenzado una noche, cuando una patrulla había acudido a Frontera, el espacio que separaba los dos mundos (gracias a una llamada anónima) y se había topado con una serie de miembros fragmentados de un cadáver, como se pudo comprobar más adelante al reconstruirlo.
Los miembros se habían encontrado enfrente de un lugar muy famoso de subterráneos, tan descompuestos que el olor nauseabundo tardó semanas en borrarse de la calle. Al principio nadie le dio importancia porque toda la opinión pública asumió que los clanes del submundo se habrían matado entre ellos, como solía pasar muy a menudo. Lo perturbador para el resto de la sociedad, y especialmente para la Policía, había llegado cuando, finalmente, se confirmaba que varias de las piezas encontradas eran humanas (y no únicamente de subterráneos).
La peor parte fue descubrir que la cabeza había pertenecido al Alcalde de la ciudad. La cara estaba totalmente irreconocible, lo que provocó que en el funeral de Estado el ataúd tuviera la tapa cerrada (al parecer un sarpullido horrible lo había desfigurado por completo). Nadie entendía qué podría hacer en un local como ese el Alcalde, pero lo único que dijo el Gobierno fue que se encontraba allí para intentar mejorar las relaciones de la pequeña ciudad con los subterráneos, puesto que Frontera se hallaba muy cerca de allí.
Por el contrario, los clanes del submundo habían mantenido un estricto silencio. En territorio humano, las personas cerraban las puertas con pestillo y no dejaban salir solos a los niños por las noches. Era normal que los subterráneos murieran, y más aún que los subterráneos fueran asesinados, pero que lo hicieran los humanos era excepcionalmente extraño. Sencillamente, nadie se atrevía a cruzar la Frontera. 

La inspectora había estado en la reunión que el Gobierno convocó para hacer frente a esa situación. Nadie más que ella parecía entender la gravedad del asunto, nadie quería asumir que seguir ignorando el submundo como si no estuviera ahí tan sólo acabaría por explotarles en la cara. También se negaban a creer los rumores que decían que estos humanos no eran los primeros que habían muerto en territorio ajeno y en las mismas condiciones que el Alcalde, a pesar de que el Comisario pudo confirmar la información; todos tenían el mismo sarpullido en el cuerpo y todos eran hombres. Recordaba perfectamente el momento en el que la inspectora se había girado para verle la cara. Él tan solo se había limitado a sujetarle la mirada, con lo que ella pensó que era una mezcla de tristeza y vergüenza, y se había rascado con intensidad unas manchas que le subían por el brazo.
El Gobierno acordó con la policía que se investigaría el caso con la mayor discreción posible, intentando buscar al culpable pero sin relacionar al resto de clanes del submundo con las muertes. 

Finalmente, la investigación les había conducido hasta un asesino: Felicity Palacios, una mujer que trabajaba en el local de subterráneos que el Alcalde había visitado la noche de su muerte. Eso fue una sorpresa para todo el mundo, incluso para la inspectora. Los sectores más duros de la oposición habían trazado toda una serie de teorías sobre la gestión del Gobierno en relación a su política externa. Palabras como «corrupción», «ocultamiento» o «colaboración» se habían gritado desde algunas bancadas de las Cortes, de manera que cuando se probó que había sido únicamente una persona (crimen pasional, se dijo) el Gobierno respiró tranquilo. Hizo todo lo que pudo por destruir la imagen de esa mujer y por demostrar que era posible que hubiera cometido un acto tan monstruoso, a pesar de no albergar la fuerza suficiente como para matar y descuartizar a varios hombres.
A raíz de todo ello, el abogado de Felicity había intentando alegar enajenación mental, pero ella había insistido más tarde en que era plenamente consciente de lo que hacía. Todas las víctimas era clientes habituales del club y todos habían sido regulares de Felicity. Se decía que todo el submundo sabía de la grave situación de aquellas mujeres (eran muchas las que habían trabajado allí), pero nadie hizo nada. Por supuesto, todos los representantes políticos negaron tener constancia de la existencia de ese local. El Presidente, además, tuvo que salir a declarar para alejar las sospechas que corrían acerca de su relación con los hombres más poderosos del submundo, hombres en cuyos bares había trabajado Felicity. 

La inspectora también estaba allí el día que registraron el local y ella, que nunca se había descompuesto ante ningún cadáver y siempre había cumplido con los gritos y las lágrimas de las familias, había vomitado apoyada contra los contenedores de la parte de atrás. Más tarde, mientras se fumaba un cigarro para tranquilizarse había llorado en silencio. Ese día rompió con todo lo que la rodeaba y en su interior se instaló una tristeza que amenazaba con derribarla, porque además no tenía un único motivo. Cuando la inspectora se sentía triste, solía analizar cuál era el problema e intentaba luchar contra él. En ese caso había tantas cosas que estaban mal en su interior que el dolor la superaba.
Su compañero Marcus había sido el único que había podido sacarla del océano que la hundía. Marcus era un antiguo boxeador que se había quedado tonto en uno de sus últimos combates. El Comisario, un gran aficionado a ellos, lo había apadrinado porque su padre trabajó durante muchos años en el cuerpo de Policía (y por todos era conocida su malsana afición al whisky). Cuando a Marcus le dieron esa paliza final no tuvo estómago para abandonarlo y lo metió en su unidad. Lo puso al lado de la inspectora porque sabía que ella sería la única capaz de cuidar de esa preciosa cabeza que no albergaba absolutamente nada. 

Ella lo adoraba, se parecía mucho al replicante de Blade Runner, el que había dicho todo eso de las lágrimas y la lluvia. Tenía el pelo igual de blanco y unos ojos preciosos. Su cuerpo era también irresistible, de arriba abajo; sus pectorales, en concreto, eran algo asombroso y la inspectora solía tocarlos cuando estaba intranquila. Tenía un humor muy particular, dado que le costaba horrores entender la ironía, pero soñaba con ser poeta. La inspectora creía que había sido en la película de Annie Hall donde había oído la frase de “El sexo es una experiencia totalmente vacía. Pero de las experiencias vacías es sin duda la mejor”. Se había regido gracias a esa sentencia durante los últimos meses y las dulces sacudidas de Marcus habían hecho que su cuerpo renaciera y poco a poco, su mente también.
Sin embargo, había decidido boicotear todo lo que tuviera que ver con el cuerpo de Policía y había empezado a jugar al ajedrez en su lugar. También había descubierto que no se le daba bien. Si no fuera porque su padre había salvado la vida del Comisario durante el servicio militar, hace tiempo que la habrían despedido. 

La inspectora se había quedado callada durante largo rato –el caballo la estaba mirando como diciendo: «menuda estúpida, hace tiempo que la reina está sola»- así que Earl tuvo que carraspear, claramente incómodo. «Pobre masa inútil de carne» pensó ella, «en el fondo es un trozo de pan; aunque probablemente si lo supiera intentaría comerse a sí mismo». Exasperada, se levantó y se fue directa al despacho del Comisario. Este ni siquiera se molestó en esconder el periódico que sostenía en las manos, sencillamente dijo:
-Vas a ir
-No pienso hacerlo
-Mia, este caso ya ha abierto demasiadas heridas en toda la comunidad, necesitamos empezar a cerrar alguna. La mujer del Alcalde está destrozada, todo el mundo en la Iglesia hace lo posible por ayudarla pero necesita pasar página. Si no estás allí como ella ha pedido la prensa se nos echará encima.
-Si la prensa va a estar a allí, por qué no mandas a Marcus, él es muchísimo más atractivo.
Finalmente, el comisario bajó el periódico, que le tapaba todo el cuerpo y la inspectora pudo comprobar cómo las manchas se habían extendido. Ahora las marcas eran visibles en la parte alta del cuello, a pesar de que el Comisario tenía la camisa totalmente abrochada. Algo destelló en sus ojos cuando se dio cuenta de que la inspectora había reparado en ello.
-No me lo pongas más difícil, después de este año creo que he sido lo suficientemente considerado contigo como para que me hagas este favor –casi pareció escupir las palabras- Para que nos lo hagas a todos.
Como ella no decía nada, recurrió a la excusa que ponía siempre que quería que la inspectora hiciera algo desagradable:
-Tan solo piensa en lo que diría tu padre, Mia.
Mia despreciaba al Comisario. Ese hombre que una vez lo había sido todo para ella, ahora le daba asco; asco mirarlo, asco darle la mano; hasta esa conversación la hacía estremecer. Tan solo quería volver a su caballo de ajedrez inexpresivo y, quizá, volver a casa donde estaría Marcus, recién salido de la ducha y con una toalla demasiado pequeña para tapar ninguna parte de su cuerpo. Salió del despacho. 

Lo cierto es que hacía tiempo que había tomado la decisión de ir a ver a Felicity. Lo supo cuando le entregaron la carta que ella envió, pero desde ese momento su mente había empezado a recordar y reagrupar las imágenes del caso de nuevo en su cabeza. Y el dolor había amenazado con volver a instalarse en su estómago. 

Salió a fumar y Earl la siguió, sin saber muy bien qué hacer ya que nadie le había dicho cuál debía ser su siguiente misión.
-El fuego- dijo ella, mirando hacia el horizonte como si le estuvieran grabando un primer plano.
-¿Cómo dices?
-Eso es lo que tienen en común un asesinato, unos adolescentes que se fugan y una vieja que vende castañas. 

Consiguió que Earl se riera, aunque ella lo dijera totalmente en serio.

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