DOS MUJERES Y UN BOXEADOR DE OJOS TRISTES (II)



SEGUNDA PARTE

Caminaré adonde mi naturaleza me lleve,
pues me humillaría elegir otro guía.
Allí donde pastan entre helechos los grises rebaños,
allí, a la montaña, donde brama el viento salvaje.
Emily Bönte, Aun censurada, siempre regreso

Felicity Palacios siempre había sido una niña con tendencia a enfermar. Desde pequeña había tenido problemas para respirar, como si sus pulmones no pudieran absorber la contaminación del submundo. Su familia siempre se reía de ella por llevar el inhalador a todas partes, decían cosas del tipo: «esta niña no puede ser subterránea con unos pulmones tan limpios».

Además de eso, Felicity siempre se estaba cayendo y los morados de las heridas en las piernas resaltaban en la piel blanca. A la edad de los 12 años era todo ángulos puntiagudos: ojos grandes, rodillas, brazos largos y nariz aguileña. El mismo día de su cumpleaños el ataque asmático fue tan fuerte que tuvieron que acudir al hospital. El médico era un mundano que trabaja solamente por las mañanas en el submundo, como parte de algún proyecto de ayuda instaurado por el Gobierno. Su madre se puso furiosa porque odiaba a ese tipo de personas; los «mestizos», como los llamaban en casa. Gente cuya familia había nacido como subterránea pero que, de alguna manera, habían conseguido salir de allí y ahora volvían como alguien que ha descubierto el nuevo mundo: con muchas ideas para renovar el que ellos consideraban como viejo. 

Para la familia de la niña solo existían dos posturas, o bien odiabas a los subterráneos, o bien eras uno de ellos. Los que se situaban en el término medio tanto solo eran hipócritas con delirios de grandeza que buscaban el sentido de sus vidas intentando arreglar las de los demás. Felicity sabía que sus padres, sus hermanos, sus tíos y todos los demás odiaban al Gobierno, pero odiaban más aún a la Oposición por estar llena de mestizos. 

Las sonrisas de los mestizos eran blancas y tenían todos los dientes, como la del médico que atendió a Felicity. Este le dijo a su madre, con una voz suave, que la niña tendría que empezar a cuidarse más y que el submundo no era un lugar adecuado para ella. Sus pulmones no lo soportarían durante mucho más tiempo y el aire de su hogar acabaría por matarla. Además, lo haría deprisa sino se actuaba rápido. 

La recomendación fue, entonces, tajante: había que salir de la ciudad e ir a Frontera, ya que a los subterráneos no se les permitía entrar en el mundo regular. El padre de Felicity se negó; no podía permitir que una hija suya creciera fuera del submundo. La madre le dio la razón, pero empezó a preocuparse cuando observó la degradación de su hija. Se iba marchitando poco a poco como el rosal que tenían en el jardín. Nada vivo podría crecer de la tierra del submundo pero Felicity había insistido tanto que su madre tuvo que plantarlo. El rosal murió a los dos días, dos días que la niña lloró por las rosas a las que ni siquiera habían salido espinas. 

Únicamente se decidieron hacer algo la noche que Felicity estuvo a punto de morir. Se levantó de su cama asustada porque le salía sangre de la nariz y los oídos. Le manchó el camisón blanco del pijama, formando en él flores de un color rojo intenso. Su madre la cogió en brazos y su tío condujo el coche hasta Frontera; su padre se reuniría con ellos después, necesitaba hablar con un compañero de trabajo de manera urgente. Felicity nunca entendió como esa idea había llegado a su cabeza, pero supo que su madre no lo perdonó nunca por eso. Ni por todo lo que vendría después. 

Frontera era el lugar más lejano al que podían dirigirse, de manera que la familia de Felicity se instaló en una casa cerca del club donde comenzó a trabajar su padre. Este tenía varios locales repartidos por diferentes ciudades del submundo y no fue difícil intercambiar alguno por el que se encontraba en Frontera. 

Para la niña el tiempo que vivió allí fue como entrar en el cielo. La casa estaba en medio de la nada y Felicity solía correr como un animal por la hierba que rodeaba a toda la propiedad. La felicidad empezó a curarla, el color le volvió a las mejillas y dejó de utilizar el inhalador. Viviendo en medio del campo se convirtió en una niña salvaje que se bañaba en el río cercano a la casa (el único no contaminado de la zona) y escalaba hasta lo más alto de los árboles. Ya no se caía, todo lo contario; ahora era capaz de caminar por las piedras sin perder el equilibrio y saltar grandes distancias sin hacerse daño en los pies. 

Sin embargo, algo cambió cuando cumplió los 14 años. Un amigo del trabajo de su padre fue a casa a visitarlos. Al parecer esa visita era muy importante porque significaba el futuro de su padre como regente del club en Frontera, de manera que Felicity tuvo que ponerse el vestido blanco que le ofreció su madre. En un momento determinado, cuando hablaban todos juntos en el salón con el calor de la chimenea, el amigo de su padre se fijó en ella. 

-¿Esta es la misma Felicity que conocí yo hace unos años, Malcom?-preguntó dirigiéndose a su padre pero sin dejar de mirarla a ella.
Malcom no dijo nada, simplemente asintió con una sonrisa tranquilizadora.
-Se ha convertido en toda una mujer. Una mujer muy guapa, además. 

La palabra «mujer» resonó en la cabeza de Felicity con una intensidad especial. Ella no era una mujer para sí misma. Cuando se miraba al espejo veía más a un perro grande, algo así como un galgo, que a una mujer. Se había dado cuenta de que ahora la miraban por la calle cuando pasaba, pero la niña nunca había sabido identificar el significado de esa mirada. En ocasiones le recordaba a hombres hambrientos, como los que había conocido cuando vivían en el submundo. Esos hombres a penas comían y podías ver las costillas de muchos de ellos marcados en sus cuerpos desnudos. La gente que la miraba por la calle también parecían tener hambre, solo que era muy raro que alguien no comiera viviendo en Frontera. 

Cuando el amigo de su padre se marchó, ella se desnudó delante del espejo de su habitación. Maldijo en silencio cuando vio la imagen que le devolvía el reflejo. Es verdad que ya no era un galgo. La delgadez de su cuerpo había ido curvándose, dándole forma a su figura ahí donde antes solo había habido planicie. Odió entonces al amigo de su padre por haber borrado de su mente la imagen que tenía de sí misma y haber implantado otra que no le gustaba. Si esto era ser guapa, entonces no quería serlo. Quería volver a ser un perro salvaje, así que buscó elementos que la anclaran al recuerdo antiguo que tenía. Pudo ver que aquello que había crecido todavía no lo había hecho completamente, vio también como su cintura aún no tomaba una forma determinada y se aferró con toda su fuerza a la luz de su rostro. En su cara aún podía ver al galgo loco que corría todas las mañanas por el campo y se bañaba en el río. Se aferró al verde de sus ojos; antes de mudarse a Frontera los había tenido negros pero por un fenómeno que nadie acababa de comprender habían cambiado de color. A Felicity le gustaba pensar que sus ojos se habían enamorado tanto de la imagen que contemplaban que no querían dejarla escapar ni siquiera un momento. Con ese pensamiento en la cabeza se prometió a sí misma no crecer más, no volverse más guapa nunca y no dejar de ser jamás un perro rabioso. 

Su promesa nunca se cumplió. Al cabo de unas cuentas semanas el amigo de su padre apareció en su cuarto y le dijo que era hora de ponerse a trabajar. Felicity también había pensando en eso, ya que los niños subterráneos no tenían escuela y trabajaban mucho antes. Sus padres le habían dejado unos años más libres por su enfermedad, pero como su estado ya no peligraba, sabía que había llegado el momento de elegir un trabajo. Felicity no tenía mucha idea de qué quería hacer para ganarse la vida, pero sabía que no quería hacerlo con el amigo de su padre. No le gustó que apareciera en su casa y no le gustó como la miró, de arriba abajo. Ella quería hacer algo que tuviera que ver con el campo, aunque sabía que no se ganaba mucho dinero; pero quizá podría trabajar en alguna fábrica de Frontera, de esas que exportaban alimentos a los mundanos. 

El amigo de su padre la llevó al club con la excusa de que allí estaría Malcom para ayudarle a elegir. Como había tanto trabajo últimamente apenas podían dejar el local libre para hacer otras cosas. Felicity accedió y lo acompañó hasta allí. Si hubiera sabido que ese viaje sería la última oportunidad que tendría de ver el color del campo, habría hecho todo lo posible por resistirse. Habría gritado y pegado o se habría tirado del coche en marcha. 

Cuando llegó al club no vio a su padre; de hecho, no volvería a ver su padre hasta mucho tiempo después, cuando ambos se encontraron en una subasta celebrada en el centro de la cuidad subterránea.
El amigo de Malcom le explicó todo lo que tendría que hacer a partir de ese momento y le presentó a todos sus clientes; uno de ellos estaba preparando su campaña para presentarse a Alcalde de la capital mundana. Cuando Felicity, horrorizada, se negó, los hombres que trabajaban en ese club la amenazaron. Le dijeron que si seguía resistiéndose durante más tiempo arruinarían los otros negocios de su padre de manera que él nunca pudiera volver a trabajar jamás en la industria. Ella no creyó que eso fuera posible, su padre era un hombre poderoso y además estaba convencida de que alguien volvería a buscarla, de que todo lo que le estaba pasando era un terrible error y de que su madre iría a por ella. Siguió sin hacer caso y sin dejarse hacer, a pesar de las constantes palizas y el resto de cosas que las acompañaban. 

Durante mucho tiempo Felicity fue ese galgo salvaje al que ninguno de esos hombres pudo romper. Todo acabó una noche en la que el amigo de su padre llamó a la puerta de su habitación. Ella se había incorporado en la cama al oír sus pasos por el pasillo; se levantó y, decidida, lo dejó entrar. Pudo ver que llevaba algo en los brazos, como un fardo en una posición extraña. No fue hasta que el amigo de su padre se situó en el círculo de luz que Felicity se dio cuenta de que era su hermano pequeño. Tenía una horrible herida en la cabeza y su diminuto cuerpo aún por hacer estaba lleno de sangre. 

El amigo de su padre dejó allí a su hermano durante tres días, en los que no permitió salir a Felicity en ningún momento. Cuando volvió a por ella, la niña se irguió ante él. Estaba sucia, hambrienta y las oscuridades bajo sus ojos indicaban que no había dormido nada durante esos tres días. Antes de salir de la habitación para reunirse con el primer cliente de la larga lista, Felicity sonrió al amigo de su padre. Durante unos segundos, tan solo unos pocos segundos, la sonrisa desfigurada de la niña encontró el camino exacto para introducirse en lo más hondo del amigo de su padre. Más adelante, ya en la cárcel, se dormiría todas las noches pensando en el momento en que hizo estremecer aquel hombre. 

Consciente, entonces, de lo que ocurriría si no obedecía, se tragó toda la resistencia que le quedaba en el cuerpo. Apuñaló su propio corazón para dejar de sentir las cosas y para olvidar el rojo de la sangre sobre el cuerpo de su hermano. Se esforzó en esperar a ser rescatada por alguien y entregó sus días al trabajo y a la pasividad de la esperanza.

Sin embargo, nadie acudió. Y el verde de los ojos acabó desapareciendo por completo de su rostro.

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