EN PRÁCTICAS

En pra en prácticas, ya voy.
Pues no va… me dice qué…
Si tú supieras, corazón…
Estoy en vértice de ojiva.
Soy ese espejo que devuelve
al camino de los arcos el enigma.
Entre el brote y el manzano hendido
ando perdido practicando
cómo tener las verdes claras,
digo la idea esperanzarla, digo
fingirle suelo al ancho abismo,
al catecismo, labrarle alas
de cera libre y celebrar
la recaída, el laberinto.

Insisto sí, ya voy, ya voy.
En pra en prácticas, llegando.
En una de estas me hacen profe.
Seré del gremio, compasión.
Haré de brújola y jumento.
Haré las veces que hagan falta
para cumplir mis verdaderos objetivos:
  •         Fomentar la actividad escrítica
  •          Practicar las verdades de otros
  •          Controlar la algarapía del clero
  •          Esbostezar una puerta a mano alzada
  •          Rogar el órdago arrobado

Juro que creo en el amor.
Firmo rápido:

                            Robert di Nero

Elegía a José Cervera Baltasar

Te  fuiste con la lluvia
En medio de una plaza con himnos y flores
Con las piernas erguidas
Y un brillo en los dientes que curaba cicatrices
Llevabas años avisando
Y va y te escondes a mitad esquina
¿A quién se le ocurre?
Toda una obra de arte.

Pero y ahora qué hacemos con todo este aire
Este maldito aire y la lluvia
Y su espacio y su luz
Que yo no sé mirar las mareas desde tu bosque
Ni pescar sueños después de comer
Que solo sé ponerme cara a la pared
Sin castigo ni gallato
Sin caña sin estrés
El desayuno a las 10
El zumo naranja
El verano largo
Y el suéter del revés
Atado a la cintura
Viejo, raído
Pero siempre con colonia cara y afeitado
Y los calcetines finos y altos. Muy altos.
La camisa puede ir desabrochada en el campo.
Pero a misa nunca se va descalzo.

Yayico, ojalá unas décadas más.
Pero yo niña y tú joven.
Yo rubia y tú moreno. Muy moreno.
Como cuando no existía el cáncer de piel.
A la próxima seguro que te toca esa.
Vida. Enfermedad.

Qué pesada la suerte.
Pero esta vez te tocó el hombro el cosmos.
Y a mí.
Y a todos.
Porque al final nos vimos.
Yo rubia.
Tú de pie.
Yo flaca.
Tú guapo.

Yayico, Que te repiquea la risa.
Que te has marchado muy guapo y contento.
Y algo se me pegó de verte picar almendras.
Que ya me pongo contenta.
Y vas a ver tú lo morena que me pongo en verano.
Y cuando me digan que ya no quedan culebras ni linces ni lagartos.
Diré que alguno queda
y que mea siempre en el mismo árbol.



Riberas

El camino al sur siempre fue difícil. 
El sur de tu sur es mi sur. 
Y allá no llegan las lluvias de abril. 
Cómo no ser exceso y exhibición si las montañas en que nací estan desnudas y yermas,
que verdes solo tienen los ojos
y la tierra roja de ese cauce se tragará algún dia, pronto, a mis vivos y mis muertos. 

Que por yo comer les riego a otros las entrañas y mientras, aquí lejos, se mueren de sed y llanto mis lirios. 
Que el progreso, aunque nímio, llega al norte y es tan norte que el agua bendecida se escurre entre las raíces. 
Porque el norte da hambre y comida, sed y fuegos articiales.
Y yo solo quiero ver bailar ese sol desde mi ventana. 
Poder acariciaros los rayos desde aquí. 

Que no vuelvo yaya, que no. 
Que el norte me da qué comer y qué soñar.
Aunque también me dé sueño, frío y nudos de maletero.
¿Y si soy  la tocada por la Luna de Valencia?
Como tú, como ella. Como cualquiera que la vea.
Porque de Sants a Valencia hay un camino estrecho y lleno de curvas que se enrrollan en el cuello y te ennudan la garganta.

Y vuelve luego tú morada, sin caudal pero llena de playa y rio. 
Y vuelve tú al humo negro de los golems y a las políticas del cambio. 
Y cómo no recordar con saliva viva la piel quemada de mis abuelos que en el sur de mi sur se tostaban después de años de trabajo. 

Que esto es la mierda del tiempo y sus éxodos.
Que con las olas volvelé, yaya, volveré.
Y correré dorada por tus valles y riberas y los rios secos fingirán corriente por verme bailar. 
Y te levantarás de tu silla de virgen y me verás sembrar tus pozos.
Que aquella luz no tiene plagio ni sombra y es imposible beber más dulce que allí.

Espérame con la silla en la puerta, pasando la noche a la fresca. 
Que la niña llega. 
Ya llega.

Los trenes de rosas maniatadas.


Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Una cuerda que decidida une
la distancia en que dos puntos se buscan.
La distancia entre la eme y la pe,
seis palabras de sangre viva sufren,
en nombre de mitad irredimible.
La mitad que lee, esa no sangra,
desangra al otro y se bebe su agua.
La mitad que solo riega las rosas,
para vendérnoslas en perfumes.
La mitad que de la ambición hace
combustible de la satisfacción,
que no es capaz de sujetar la cuerda
sin tirar del otro hacia el abismo,
sin dejarla caer de aburrimiento,
revolviéndose en sí misma, como si
sin alma una serpiente yaciera
a las afueras de un pequeño pueblo
a las afueras de North Carolina
habiendo seguido el doble equilibrio
de dos puntos y dos mitades de once.

Estos tontos tipos están a punto de convertirse en personajes,
en planos tipos sin motivo, solo acción.
Lo suyo son los círculos no las hélices.
Planos, planos como sus vientres y sus directrices,
como sus propósitos del día.
Comerse, devorarse, respirarse,drogarse mutuamente
y volver a empezar.

Son jugos corrosivos en recipientes rebosantes.
No son la horma de su zapato pero
insisten en brindar sus caderas
y chirriar sus dientes ,
desnudos y grotescos al verse desfilar.

Oojos que se muerden,
que se miran desde líneas de salida enfrentadas.
Pistoletazo, carrera, corrida, choque de huesos, jadeos y saliva.
Vuelta a las posiciones iniciales,
que esto, tipos, son cuentos sin finales.
Pieles inyectadas en sangre,
costillas que asoman desgastadas pero insaciables

Pero estos locos tipos, listos,
sienten la cuenta atrás.
Creen en la fugacidad,
pero olvidan la futilidad del tiempo.
Que su tiempo lo marca este índice mío,
que me esnifo estas líneas y ya están muertos.
Que no saben que son la fantasía que vendo,
con la que poder pajearte toda la noche.

Juego de manos, muestra de barajas.
Enséñame lo que traes,
que si brilla, pesa o engancha
me lo quedo y
te saco el as de la manga.
Y sobre esta asoman mis dos personajes,
follando sobre mi mano,
asfixiándose de intensidad.
Te van a calentar los motores.

Pero a mí caliéntame la cartera,
ese fuego es el que me gusta.
Ten tu merca, tu tralla,
dame el tema, vete a casa y llámame guarra.

El atractor de Lorenz (El asesino)


Allá por el año 2002, en el tiempo de preguntas de una conferencia de la psicóloga rusa Anne Schützenberger que acabó girando en torno a su obra ¡Ay, mis ancestros!, se le preguntó si la biodescodificación o la bioneuroemoción podía ofrecer alguna respuesta al caso de Marcos Hurtado en España. La doctora Schützenberger no supo ofrecer detalles argumentales, pero afirmó que «las casualidades transgeneracionales no pueden ser llamadas ‘casualidad’, por muy difíciles que sean de explicar».
 ...
Marcos Hurtado era el descendiente de quinta generación de Alejandro Hurtado, que un siglo antes había sido el hermano mayor de los famosos Andrés y Luis. De manera similar a lo sucedido con Andrés y Luis, Marcos nació en una aldea de campo a causa de una recomendación médica a su padre, enfermo de tuberculosis, para alejarse de la contaminación de la ciudad. Desde muy pequeño, Marcos mostró una personalidad muy conflictiva y violenta, no solo en sus relaciones personales con sus familiares y amigos, sino también en sus momentos de ocio individual. De niño dibujaba violencia a todo color, asesinatos, guerras… Cuando le regalaron los bloques de construcción de madera, se divertía construyendo y demoliendo un edificio tras otro, añadiéndole banda sonora con la boca. Su padre y su madre se mostraron siempre preocupados por la naturaleza psicológica del niño y pidieron consejo a un especialista, que le diseñó una tabla de conducta que debía cumplir siempre, pero los frutos no acabaron nunca de llegar. Aprovechando que vivían en el campo, sus padres decidieron que Marcos se relacionase con la naturaleza más de lo que lo había hecho hasta ese momento. Aprendió a apreciar la vida a partir de la observación, de la mágica creación de tantos tipos de plantas y animales tan distintos entre sí. Aprendió a sufrir en su propia piel el dolor de los animales heridos y los árboles caídos que en más de una ocasión encontró. Con una recaída en la tuberculosis, el padre de Marcos murió cuando él tenía solamente nueve años. Esto supuso un golpe tremendamente doloroso para el chico. Se volvió una persona triste y así creció. En realidad, siempre fue un joven extraño. Se divertía con sus cosas, se relacionaba poco, pero aprendió a canalizar su constante insatisfacción subordinándola a la fuerza de la naturaleza. Eran las herramientas que tenía al alcance de sus manos. Se sentía un pobre hombre, pero sabía que nada podía hacer ante la firmeza del tiempo y el espacio. Tuvo novia durante unos años, Alba, pero jamás llegaron a encajar porque se trataba de personalidades muy distintas, Marcos era raro. Discutían a menudo, hasta que Alba decidió que no quería volver a verlo jamás. Marcos supo en ese momento que había perdido todo lo que tenía, la persona que tan bien lo había hecho sentir. Se suicidó tirándose por un barranco cercano a la casa de su madre.
…
             Marcos Hurtado era el descendiente de quinta generación de Alejandro Hurtado, que un siglo antes había sido el hermano mayor de los famosos Andrés y Luis. De manera similar a lo sucedido con Andrés y Luis, al padre de Marcos se le recomendó mudarse a una aldea de campo tras habérsele diagnosticado tuberculosis, pero decidió no hacerlo porque desde un primer momento no confió en su cura. Marcos nació en un barrio de Madrid y desde muy pequeño mostró una personalidad conflictiva y violenta, no solo en sus relaciones personales con sus familiares y amigos, sino también en sus momentos de ocio individual. De niño dibujaba violencia a todo color, asesinatos, guerras… Cuando le regalaron los bloques de construcción de madera, se divertía construyendo y demoliendo un edificio tras otro, añadiéndole banda sonora con la boca. Su padre y su madre se mostraron siempre preocupados por la naturaleza psicológica del niño y pidieron consejo a un especialista, que le diseñó una tabla de conducta que debía cumplir siempre, pero los frutos nunca llegaron. Los asesinatos que aparecían en las películas, series y telediarios eran realmente atractivos por su elaboración. Le gustaba que pudiendo matar a una persona sencillamente con un tiro en la cabeza, hubiese quienes optaran por comprar una catana o por estrangular a su víctima con una cuerda del piano de su propia casa. Aprendió a disfrutar con el dolor ajeno porque siempre supo ver más allá, entender el asesinato como un arte. Su padre murió con una recaída en la tuberculosis y esto supuso un golpe tremendamente doloroso para él. Siempre fue un joven extraño. Se divertía con sus cosas, se relacionaba poco y aprendió a canalizar su constante insatisfacción transformándola en odio hacia todo lo demás. Eran las herramientas que tenía al alcance de sus manos. Sentía que lo único que podía salvarle del mundo era él mismo, su orgullo. En este mar de odio al mundo apareció una chica en la vida de Marcos como la única esperanza de salvación, Alba. Se convirtió en su novia en poco tiempo. Marcos la quiso más que a nada en el mundo, de hecho, lo único que quería era ella. Pero jamás llegaron a encajar, porque se trataba de personalidades muy distintas, Marcos era raro. Discutían a menudo, hasta que Alba decidió que no quería volver a verlo jamás. Marcos supo en ese momento que había perdido todo lo que tenía, la persona que tan bien lo había hecho sentir. Pocas semanas tardó en idear su plan para descuartizarla en su propia casa. Luego, se suicidó tirándose por un puente cercano a la casa de su madre. Solo quedó un número, una estadística, una idea combustible para la futura violencia machista.

Un Día de Navidad (imagen)

Hoy estuve sentado en el sofá
junto a la estufa de leña
durante varias horas,
tapado con la manta roja de lana gruesa,
celebrando mi navidad,
leyendo tranquilamente, pensando,
cuando, inesperadamente, vinieron dos personas
a visitarme.
Una después de la otra.
La una, un chico, no llamó a la puerta,
me contó que estaba solo,
que anoche sirvió dos copas de vino,
con una vela blanca en el centro de la mesa
y vestido para la ocasión
con el fin de no sentir la soledad,
pero de un trago se bebió las dos
antes de que muriese la vela,
y la soledad llegó.
No hubo regalos en esta.
Sentí lástima y quise invitarlo a quedarse,
pero estos días
son para estar cada uno con los suyos.
No le dije nada, se fue.
La otra sí llamó, se quedó más tiempo conmigo:
primero, para romper el hielo, me felicitó por la decoración del árbol;
luego, me trajo tantos recuerdos que muy pronto
sentí que ya no estaba allí.

Me contó dónde había estado todo el tiempo que estuvimos sin vernos.
Salimos a pasear,
me llevó a algunos de esos lugares
acompañados de los estallidos de la leña ardiendo.
Entre idas y venidas,
me llevó al pasado
y jugó con mi presente,
y, ya de vuelta, me dio un regalo,
me hizo darme cuenta
de que cada año, lo mismo,
de que todo
                     anda
                               igual.
Me dio un abrazo,
cogió mi mano y guiándome dibujó,
como si nada,
definiéndose, un garabato cíclico,
sobre un trozo de papel que trajo:
una postal.
Me dijo con voz cansada,
en bajo tono:
Hoy estuve sentado en el sofá...,
se despidió
y, de nuevo, me dejó solo.

En invierno de fronteras


Si miras los páramos que dejé atrás cuando me fui
verás caballos que se alzan de sus tumbas 
y por falta de sol galopan a círculos de fuego.
Si es que tal vez no maté al invierno 
con los ojos o el invierno me mató a mí,
y en alguna pared me he quedado, como agujero 
de bala de alguna guerra que suena lejana
pero que se hiela en las mejillas y se acerca.
Si volví y el consuelo nos lo brinda la distancia
y la sal del mediterráneo, ¿qué hambre nos queda?
Si has visto los páramos y volviéndose a ellos
mi mirada, la mar quizá no apagó mis llamas, 
y recuerdo que todo a mi alrededor se quema
si lo toco, se congela si me voy, pero nievo.

Nana

Duérmete un momento a mi lado,
del otro lado, que quiero veros
los ojos abiertos hacia mí.

Y darte un beso en el oído
que lo escuche la carne
de mi carne.

Que tiemble el tímpano y revolotee
en el agua, y ría como yo cuando lloro
con el peso del océano.

Duérmete que quiero veros
las manos a punto de asirme,
persiguiendo el rastro fantasmal
de las mías.

Solo así puedo veros, dormidas,
mientras duermo, un pálpito amargo
en los ojos, el ansia dilatada
por la espera.

Duérmete, duérmete, duerme
tu cuerpo de niña y mujer
y deja que vea tu rostro sereno
otra vez.



AHORA QUE PUEDES

El tiempo, hoy, se ha reído
y en realidad tenia ganas de llorar.
Le ha venido de pronto, de frente,
sin preguntar.
Como un estornudo grosero e inapropiado
en medio de un mediocre funeral.
Necesitaba vomitar esto,
tu saliva me hace regurgitar,
te me clavas suavemente en el alma
como veneno dulce 
pero igualmente letal.
Me estoy ahogando poco a poco
y el aire pasa cerca, en círculos, sin más,
no se queda, no me abraza, 
no me dice "tranquila, todo pasará".
Al aire le importo una mierda,
con esa danza de aquí para allá,
me baila de cerca y no entra,
y no entra y se queda mirando como dejo de respirar,
como si fuera adrede,
como si quisiera,
quedarme morada, verde esmeralda, blanca ultramar,
el aire se ríe y el tiempo le aplaude
y mientras tú en otra esquina, 
con otro aire, con quien sí contigo quiere bailar.
"Tiempo al tiempo" ruega mi cuerpo,
pero té y té al mismo tiempo,
si puedes inténtame atragantar, sí puedes.
Por eso corro a ahogarme en otro aire
a jugar en otro lago, 
quizá en círculos,
quizá ni siquiera me aleje
y esté entre ese y ese, reptando 
y que esa culebra me ahorque y me bese
pero igual te quiera para sí y ahora no,
de pies a cabeza,
con cascabeles y eternidades
con ese amor romántico que tanto odio,
que tanto me haces amar,
que tanto me besa la nuca y me la eriza
y hace que tiemble
y que tiemble ahora tu recuerdo
y que tiemblen las piernas cuando apareces
y que este llanto sea ilegítimo
y que repugne,
que no se entienda, que no se quiera, que se desprecie
que este terremoto se vaya y me deje, 
aunque sea en el suelo, tirada, morreándome con otra serpiente. 


MI FIERA PERSONAL.

Ana de Ulloa pensaba que Torrente Ballester no había sido lo suficientemente duro cuando habló de don Juan. Creía que los autores contemporáneos habían transformado a su demonio personal porque tenían una necesidad de perdonar sus propias faltas. Los autores del siglo XX habían humanizado a su fiera, le habían envejecido y le habían convertido en un hombre insatisfecho, infeliz y con eyaculación precoz. «He muerto como don Juan y lo seré eternamente. El lugar donde lo sea ¿qué más da? El infierno soy yo mismo». Ana estaba de acuerdo con la última parte de la frase, desde luego él era el infierno pero no porque sufriera, sino porque hacía sufrir. Había un ligero matiz entre aparecer como héroe desdentado o responder como villano, y don Juan no era un villano interesante. Al contrario de lo que los autores del XX querían creer, don Juan no buscaba la libertad, buscaba el catálogo. Ana lo sabía bien y durante un tiempo creyó que había sido culpa suya. Echó una rápida mirada hacia el asiento del acompañante y vio como Elvira miraba por la ventana. Le temblaban un poco las manos todavía y Ana se dio cuenta de que las suyas tamborileaban también sujetas al volante. Sonrió; de todas formas lo que habían hecho estaba bien, podía estar segura. Isabel adivinó sus pensamientos y no tardó en comentar:
-Estoy harta de no saber volar.
Sí, Ana de Ulloa estaba convencida de que Torrente Ballester había sido suave con el hombre que ahora se desangraba lentamente en el maletero del coche. Isabel continuó:
-Vais a tener que enseñarme.
Esto hizo que Elvira dejara de mirar por la ventana y contestara con un seco: «Yo tampoco sé». Se notaba que estaba enfadada, Elvira creía que debían haberlo matado en la habitación del hotel y que esta agonía era innecesaria y un tanto cruel. Ana no le había dicho todavía que Isabel y ella pensaban enterrarlo vivo. Las dos estaban seguras de que las reticencias de Elvira se debían a que creía en Dios, cosa que no la hacía más débil sino, quizá, más parecida a los autores del siglo XX. Ella creía que era mejor intentar dejarlo todo atrás. Ana solo se había quedado mirándola. Elvira había recordado las manos de don Juan presionando su cuello mientras la embestía con una furia que no sabía de dónde podía venir y había comprendido que aquello era imposible dejarlo atrás. Ana y ella habían llorado hasta dormirse juntas mientras la ira y la humillación pesaba como el olor a sudor de don Juan. Esa había sido la razón por la que Elvira se había subido al coche.
-¿Alguna mujer sabe?-la voz de Ana también temblaba.
-Oliverio Girondo cree que sí-contestó Isabel, animada.
-Oliverio Girondo no amó jamás.
Al fondo de la carretera las tres mujeres que iban en el coche empezaron a divisar el final del camino. Tisbea las esperaba ya con el agujero cavado. Había llegado la hora, Elvira respiró hondo. Ana aceleró y pronto estuvieron en medio de aquel descampado; allí era donde la mujeres iban a enterrar los cuerpos de los que se habían portado mal. La prensa lo había criticado duramente y había instado a los dirigentes políticos a que hicieran algo. Los programa de televisión se habían llenado de tertulianos indignados, era horrible pensar que todos los hombres allí enterrados habían sido brutalmente asesinados y nadie hiciera nada para impedirlo. Debería haber llovido pero no lo hizo, quienquiera que estuviera observando quería que la sangre de don Juan no se borrara del sitio.
Tisbea las saludó con un beso en los labios y entre las cuatro consiguieron sacar a don Juan del maletero. Estaba demasiado débil, así que no ofreció mucha resistencia. Solo murmuraba con los ojos muy abiertos: «tengo miedo de morir sin confesión», repetía una y otra vez. Lo echaron dentro del agujero y todas miraron a Elvira. Don Juan también lo hizo, alargó una mano sin fuerza y rozó los pies de ella; Elvira se fijó en sus dedos. Estaban sucios, llenos de pequeñas manchas de sangre seca y barro. Aquellas manos habían sido lo mejor de don Juan, habían apretado con ganas, asfixiado. Se habían introducido sin cuidado y habían roto, habían hecho sangrar. Ahora se habían quedado sin fuerzas, eran delgadas, finas y huesudas. Daban verdadero asco. Tocaban los pies de Elvira pidiendo ayuda, pero hacía tiempo que Dios había abandonado a don Juan. Ana cogió la mano de Elvira y le puso una pala; entre las cuatro llenaron el agujero.

Los gritos suaves de don Juan siguieron durante largo rato.

Al final dejó de oírse a la fiera.

Las cuatro mujeres se subieron al coche y dejaron el cementerio tras de sí. Ellas sabían lo que habían hecho y sabían lo que significaba. Pero su estómago, ahora, era un poco más libre. Sí, estaban seguras. Torrente Ballester también hubiera estado de acuerdo.

Raquel, Lucía y las demás.


Raquel vivía en un mundo envuelto de fieras humanas, era casi como una selva. Tenía dieciséis años y comenzaba a darse cuenta de lo que en realidad era el mundo que de pequeña le parecía maravilloso: ahora ya no le resultaba tan bonito y brillante de fantasía. Ella siempre había sido una chica normal, sin ningún tipo de problemas más allá de lo habitual en las personas, y tampoco estaba triste; el mundo la preocupaba, pero tampoco la deprimía en exceso. Lo que realmente le importaba a Raquel era lo que a cualquiera con dieciséis años, cosas del día a día: ser feliz, salir de compras, salir con amigos, escuchar música, tener nuevas experiencias… No tenía penas de las que huir ni enfermedades mentales que la llevasen a consumir drogas, más bien solo el deseo de tener nuevas experiencias y por eso las probó. Tampoco abusaba de las drogas, tenía claro que no iba a consumirlas durante toda su vida y estaba lejos de considerarse adicta a ellas. Hay ciertas palabras que en cuanto las leemos o las oímos pensamos en lo peor y generamos una imagen mental que crea un contexto en torno a la persona de quien hablamos. ‘Droga’ es una de ellas, y, sin embargo, ‘alcohol’ no. El problema de las drogas socialmente reconocidas como tal es que no se pueden conseguir legalmente, tienes que recurrir a alguien que las pueda conseguir, un camello, y estos sí que suelen estar marginados, ya simplemente por estar al margen de la ley. Pero Raquel no era una drogadicta marginal como nos imaginamos a alguien ante la palabra ‘droga’, solo sentía curiosidad por algunas drogas suaves. A ella le solían pasar un poco de marihuana y hachís que consumía de vez en cuando, cuando salía de fiesta, pero se lo solían facilitar sus amigos, que lo conseguían transportar desde los camellos hasta Raquel de mano en mano.

Aquel día, una amiga suya le dijo que fuese ella misma a casa de los camellos que se la pasaban. Ella los conocía y pasaban droga de buena calidad para el precio que tenía. Cuando llamó al timbre le abrió la puerta uno de ellos, en la casa había tres, y le dijo que entrara, que era imprudente dársela en la mano en plena calle, a la vista de todo el mundo. Los chicos debían tener entre veinticinco y cuarenta años aproximadamente. Ya dentro de casa estuvieron charlando un rato sobre si le gustaba la que le habían estado pasando, y sí, le gustaba y se lo dijo.

-Entonces probá esta -le dijo el mediano de ellos mientras le ofrecía una pastilla.

Ella se negó al principio por no saber qué le estaban dando, pero acabó aceptando el ofrecimiento ante las insistencias de que no le iba a pasar nada y de que no era nada malo. Además, que ellos también se tomasen la pastilla le dio cierta confianza. Le gustó. Y ellos le ofrecieron más, no le iban a cobrar nada por esas pastillas. Si luego quería comprarles unas cuantas más, entonces ya lo pagaría.

La visita se estaba alargando más de lo previsto, pero no pasaba nada, Raquel tampoco tenía prisa aquel día y se sentía cómoda con aquellos chicos, lo estaban pasando bien. Entre risas el mayor de los chicos le pidió un beso. Ella, casi totalmente inhibida, se lo dio: primero en la mejilla, luego en la boca. Él le puso una mano en las tetas y ella se rio y la apartó bruscamente. “Era una broma”, pensó ella. Lo volvió a hacer y ella repitió el mismo movimiento. Luego, el joven le tocó el culo. Para ser una broma ya estaba bien, se estaba empezando a sentir incómoda con aquellos tocamientos. Así que le dieron una pastilla más y en unos minutos ya no se quejaba tanto, solo los miraba como pidiendo que parasen con aquel juego, pero ni siquiera lo decía. Pronto dejaron de tocarla por encima de la ropa y empezaron a meterle la mano por debajo del sujetador y por debajo del pantalón y las bragas. Estaban acosándola sexualmente y ella se daba cuenta, pero, por las pastillas, cada vez se encontraba peor y apenas tenía fuerza para decir algunas palabras inconexas entre sí. Ellos, por el contrario, cada vez lo estaban pasando mejor; estaba siendo fácil, apenas ofrecía resistencia. El mediano de los tres camellos era el que menos participaba, miraba desde uno de los dos sofás que había en el salón. Le quitaron la ropa, sí, la desnudaron y los tocamientos se extendieron por todo el cuerpo. Le cogían las tetas, las arañaban y se las apretaban con fuerza, jugaban lamiéndoselas y mordiéndole los pezones. Le hicieron algunos arañazos que ya empezaban a sangrar. Le fueron metiendo los dedos en la vagina, primero seca, a la fuerza, y luego cada vez más húmeda por la fricción. El mayor de los camellos la tiró al suelo y le dijo que se pusiera de rodillas, pero ella no lo hizo. En realidad, no solo no quería, sino que no tenía fuerzas para hacerlo. Él lo comprendió, así que le escupió, la levantó cogiéndola por el pelo y la sentó en el segundo sofá, dejándole la cabeza apoyada sobre el respaldo, se bajó los pantalones y metió su pene erecto en la boca de Raquel. El joven, que lo vio, decidió quitarse también los pantalones y meter su pene en la vagina de la chica de dieciséis años. Raquel tenía los ojos rojos y llorosos, le estaba doliendo todo lo que hacían con ella. Su dolor era tanto que no podía ni concentrarse en el punto del cuerpo que le dolía, porque le dolía todo. Los violadores, mientras tanto, la insultaban llamándole “cerda” y “puta” y le narraban con antelación todo lo que le iba a pasar unos instantes más tarde, casi a modo de instrucciones, la manera en que ella se iba a tener que comportar.

Raquel solo quería que aquello acabara ya. No quería saber nada de ellos tres, ni de la droga, se iba a encerrar en su habitación y no iba a salir nunca más. Cuando el mayor de ellos se cansó de meterle el pene en la boca, se ausentó unos minutos del salón en donde estaban, cuando volvió llevaba varias cosas en la mano: una cuchara, una barra metálica, un destornillador y alguna cosa más. Cuando el joven de ellos lo vio, sacó su pene de la vagina de Raquel y le mostró su satisfacción por la idea que intuía había tenido el de cuarenta años. Ella cerró las piernas, las apretó y se intentó hacer una bola para protegerse. Estaba recuperando la fuerza, así que le pidieron ayuda al mediano: dos le abrían las piernas y el otro le metió la barra de metal bruscamente por el ano. Ella gritó de dolor, abrió muchos los ojos y sacudió las extremidades intentando liberarse. Ellos se alertaron por si alguien la había escuchado y le hicieron ingerir una pastilla más, y ya llevaba unas cuantas. Volvió a perder las fuerzas, esta vez ya casi no podía abrir los ojos y sacaba espuma por la boca. Le metieron el destornillador y la cuchara en la vagina y la barra metálica de nuevo rectalmente. El juego consistía en ver cuál de los dos participantes, el mayor y el joven, metía los objetos más hacia el interior del cuerpo de la adolescente. En cuestión de segundos, chorros de sangre oscura salían de sus orificios. Tenía revuelto el estómago, por la boca expulsaba saliva, sangre y vómito, pero el dolor hizo que poco a poco Raquel comenzase a no sentir nada, comenzaba a desfallecer.

-Si se os muere, la cagasteis -dijo el mediano.
-¿Qué decís?
-¿Es que no le viste la cara? -respondió con cierta chulería-, ya ni tiene color y no deja de sacar sangre, mirá. Fijate en sus ojos.

Ambos la miraron y sí, el mediano tenía razón: Raquel había perdido el conocimiento. Decidieron llevarla a la bañera, lavarla y trasladarla al hospital, para que no muriese, alegando que había consumido excesiva droga, una sobredosis. Pero antes de ello, el joven de los violadores decidió eyacular en la cara de Raquel antes de bañarla, para no quedarse con las ganas. Habían reventado a la chica por dentro. Le habían roto los tejidos de las cavidades de su cuerpo. La bañaron y la vistieron, pero no dejó de perder sangre. En el hospital, los médicos no lograron reanimarla y murió. Pronto notaron que aquello era algo más que una sobredosis.

Esta adolescente de dieciséis años murió mientras unos hombres de selva la violaban salvajemente, unos hombres de selva que no se preocuparon por Raquel hasta que no vieron que se estaba muriendo y que ello les podría traer problemas. Esto no es literatura. No es arte rupturista y provocador. Esto no es un relato erótico, un relato de una violación, ni un cuento grotesco que trate de removerle las tripas al lector. No; por desgracia esto no es literatura, esto es la realidad, es una noticia real. Raquel no se llamaba Raquel, se llamaba Lucía Pérez, pero Raquel es Lucía, y Lucía es Silvia, y Silvia es Marilyn, y Marilyn, Vanesa Débora, y Vanesa Débora, Milagros, y Milagros es Andrea, es Marta, es Asunción, Carmen, María, Alejandra. Son una y la otra, y la otra; son todas. Pero cuando las cifras pasan de tres, no somos capaces de imaginarlo, pasan a ser solo números. Y nosotros solo les podemos regalar el recuerdo que nos queda de ellas, a veces para siempre, nuestra consideración, tal vez algún texto reivindicativo y nuestras manifestaciones para que esto acabe ya. Pero vivimos en un mundo que genera esto, medidas y sentencias insuficientes de los gobiernos y de los jueces contra la violencia de género, la industria del patético porno comercial y una sociedad enferma que lo consume, la contaminada cultura de masas que alienta estos comportamientos, las películas que vemos, las series y los programas de televisión, la prensa, los best sellers, la publicidad que normaliza el machismo, quizá la falta de reflexión de los habitantes de todo el mundo, quizá también la falta de educación ya desde pequeños en casa de nuestras familias. Lo que a Raquel, a Lucía y a las demás les pasó, y les pasa, no es solo lo que viene de las manos y cuerpos de sus maltratadores, sino de la sociedad de la que surgen, de la sociedad que los produce, una sociedad que de jóvenes nos dice “tranquilo, que el feminismo, como todos los radicalismos, se termina cuando uno crece y madura”. Pues yo no quiero crecer si es para perder sensibilidad, porque no somos capaces de sentir el maltrato hasta que no llega al estadio de violencia física, y quizá ni entonces, porque ante un número mayor que tres solamente somos capaces de leerlo, porque somos nosotros mismos los que lo toleramos, porque al lector no se le revuelven las tripas hasta que no aparece la palabra ‘vagina’ o ‘violación’. Y quizá yo cada vez sea más inmaduro, no lo sé, pero, sin duda, cada vez creo más en la necesidad de un feminismo, de una consciencia real sobre uno de los más grandes problemas de nuestro mundo selvático. No hay excusas, no vale que el machismo sexual sea biológico o que exista en muchas especies animales, no vale decir que las chicas van provocando, ni que uno cuando se enfada no controla sus actos, eso no justifica nada, lo único que hace es agravar el problema, normalizarlo. Y no vale decir que no hay tantos casos de violencia machista como para considerarlo un gran problema, porque aunque solo fuese una más, ¡una más! y ya serían demasiadas más. No existe la superioridad de género, es una ficción, pero es que si existiera, tampoco justificaría las agresiones. Y para los que son conscientes pero desplazan la responsabilidad a los maltratadores, a los políticos y a los jueces, tienen que saber que si pensamos que el cambio no depende de nosotros, nunca llegará. Los cambios empiezan en nosotros mismos, cambiamos nuestros comportamientos y contagiamos este comportamiento a los que nos rodean, a nuestros hijos, a nuestros hermanos, a nuestros amigos, y la consciencia se contagia a todo el mundo. Creemos, pues, una cadena de comportamiento ejemplar que ponga fin a esto. No podemos permitir ni una sola víctima más. Somos humanos, no animales, y si algo nos distingue de todos ellos es la capacidad de ser inteligentes. Aprovechemos esa capacidad, reflexionemos sobre el mundo en que vivimos, sobre todo lo que leemos y oímos en las noticias, sobre lo que la sociedad quiere que nuestro cerebro engulla en forma de literatura, cine y televisión y cambiémoslo de una vez. Seamos capaces de sentir todo esto y castiguemos no solo al maltratador, también a los políticos y jueces que desplazan la responsabilidad. Una víctima más es una mujer menos, no lo normalicemos.

25 de noviembre,

Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.