MI FIERA PERSONAL.

Ana de Ulloa pensaba que Torrente Ballester no había sido lo suficientemente duro cuando habló de don Juan. Creía que los autores contemporáneos habían transformado a su demonio personal porque tenían una necesidad de perdonar sus propias faltas. Los autores del siglo XX habían humanizado a su fiera, le habían envejecido y le habían convertido en un hombre insatisfecho, infeliz y con eyaculación precoz. «He muerto como don Juan y lo seré eternamente. El lugar donde lo sea ¿qué más da? El infierno soy yo mismo». Ana estaba de acuerdo con la última parte de la frase, desde luego él era el infierno pero no porque sufriera, sino porque hacía sufrir. Había un ligero matiz entre aparecer como héroe desdentado o responder como villano, y don Juan no era un villano interesante. Al contrario de lo que los autores del XX querían creer, don Juan no buscaba la libertad, buscaba el catálogo. Ana lo sabía bien y durante un tiempo creyó que había sido culpa suya. Echó una rápida mirada hacia el asiento del acompañante y vio como Elvira miraba por la ventana. Le temblaban un poco las manos todavía y Ana se dio cuenta de que las suyas tamborileaban también sujetas al volante. Sonrió; de todas formas lo que habían hecho estaba bien, podía estar segura. Isabel adivinó sus pensamientos y no tardó en comentar:
-Estoy harta de no saber volar.
Sí, Ana de Ulloa estaba convencida de que Torrente Ballester había sido suave con el hombre que ahora se desangraba lentamente en el maletero del coche. Isabel continuó:
-Vais a tener que enseñarme.
Esto hizo que Elvira dejara de mirar por la ventana y contestara con un seco: «Yo tampoco sé». Se notaba que estaba enfadada, Elvira creía que debían haberlo matado en la habitación del hotel y que esta agonía era innecesaria y un tanto cruel. Ana no le había dicho todavía que Isabel y ella pensaban enterrarlo vivo. Las dos estaban seguras de que las reticencias de Elvira se debían a que creía en Dios, cosa que no la hacía más débil sino, quizá, más parecida a los autores del siglo XX. Ella creía que era mejor intentar dejarlo todo atrás. Ana solo se había quedado mirándola. Elvira había recordado las manos de don Juan presionando su cuello mientras la embestía con una furia que no sabía de dónde podía venir y había comprendido que aquello era imposible dejarlo atrás. Ana y ella habían llorado hasta dormirse juntas mientras la ira y la humillación pesaba como el olor a sudor de don Juan. Esa había sido la razón por la que Elvira se había subido al coche.
-¿Alguna mujer sabe?-la voz de Ana también temblaba.
-Oliverio Girondo cree que sí-contestó Isabel, animada.
-Oliverio Girondo no amó jamás.
Al fondo de la carretera las tres mujeres que iban en el coche empezaron a divisar el final del camino. Tisbea las esperaba ya con el agujero cavado. Había llegado la hora, Elvira respiró hondo. Ana aceleró y pronto estuvieron en medio de aquel descampado; allí era donde la mujeres iban a enterrar los cuerpos de los que se habían portado mal. La prensa lo había criticado duramente y había instado a los dirigentes políticos a que hicieran algo. Los programa de televisión se habían llenado de tertulianos indignados, era horrible pensar que todos los hombres allí enterrados habían sido brutalmente asesinados y nadie hiciera nada para impedirlo. Debería haber llovido pero no lo hizo, quienquiera que estuviera observando quería que la sangre de don Juan no se borrara del sitio.
Tisbea las saludó con un beso en los labios y entre las cuatro consiguieron sacar a don Juan del maletero. Estaba demasiado débil, así que no ofreció mucha resistencia. Solo murmuraba con los ojos muy abiertos: «tengo miedo de morir sin confesión», repetía una y otra vez. Lo echaron dentro del agujero y todas miraron a Elvira. Don Juan también lo hizo, alargó una mano sin fuerza y rozó los pies de ella; Elvira se fijó en sus dedos. Estaban sucios, llenos de pequeñas manchas de sangre seca y barro. Aquellas manos habían sido lo mejor de don Juan, habían apretado con ganas, asfixiado. Se habían introducido sin cuidado y habían roto, habían hecho sangrar. Ahora se habían quedado sin fuerzas, eran delgadas, finas y huesudas. Daban verdadero asco. Tocaban los pies de Elvira pidiendo ayuda, pero hacía tiempo que Dios había abandonado a don Juan. Ana cogió la mano de Elvira y le puso una pala; entre las cuatro llenaron el agujero.

Los gritos suaves de don Juan siguieron durante largo rato.

Al final dejó de oírse a la fiera.

Las cuatro mujeres se subieron al coche y dejaron el cementerio tras de sí. Ellas sabían lo que habían hecho y sabían lo que significaba. Pero su estómago, ahora, era un poco más libre. Sí, estaban seguras. Torrente Ballester también hubiera estado de acuerdo.

Raquel, Lucía y las demás.


Raquel vivía en un mundo envuelto de fieras humanas, era casi como una selva. Tenía dieciséis años y comenzaba a darse cuenta de lo que en realidad era el mundo que de pequeña le parecía maravilloso: ahora ya no le resultaba tan bonito y brillante de fantasía. Ella siempre había sido una chica normal, sin ningún tipo de problemas más allá de lo habitual en las personas, y tampoco estaba triste; el mundo la preocupaba, pero tampoco la deprimía en exceso. Lo que realmente le importaba a Raquel era lo que a cualquiera con dieciséis años, cosas del día a día: ser feliz, salir de compras, salir con amigos, escuchar música, tener nuevas experiencias… No tenía penas de las que huir ni enfermedades mentales que la llevasen a consumir drogas, más bien solo el deseo de tener nuevas experiencias y por eso las probó. Tampoco abusaba de las drogas, tenía claro que no iba a consumirlas durante toda su vida y estaba lejos de considerarse adicta a ellas. Hay ciertas palabras que en cuanto las leemos o las oímos pensamos en lo peor y generamos una imagen mental que crea un contexto en torno a la persona de quien hablamos. ‘Droga’ es una de ellas, y, sin embargo, ‘alcohol’ no. El problema de las drogas socialmente reconocidas como tal es que no se pueden conseguir legalmente, tienes que recurrir a alguien que las pueda conseguir, un camello, y estos sí que suelen estar marginados, ya simplemente por estar al margen de la ley. Pero Raquel no era una drogadicta marginal como nos imaginamos a alguien ante la palabra ‘droga’, solo sentía curiosidad por algunas drogas suaves. A ella le solían pasar un poco de marihuana y hachís que consumía de vez en cuando, cuando salía de fiesta, pero se lo solían facilitar sus amigos, que lo conseguían transportar desde los camellos hasta Raquel de mano en mano.

Aquel día, una amiga suya le dijo que fuese ella misma a casa de los camellos que se la pasaban. Ella los conocía y pasaban droga de buena calidad para el precio que tenía. Cuando llamó al timbre le abrió la puerta uno de ellos, en la casa había tres, y le dijo que entrara, que era imprudente dársela en la mano en plena calle, a la vista de todo el mundo. Los chicos debían tener entre veinticinco y cuarenta años aproximadamente. Ya dentro de casa estuvieron charlando un rato sobre si le gustaba la que le habían estado pasando, y sí, le gustaba y se lo dijo.

-Entonces probá esta -le dijo el mediano de ellos mientras le ofrecía una pastilla.

Ella se negó al principio por no saber qué le estaban dando, pero acabó aceptando el ofrecimiento ante las insistencias de que no le iba a pasar nada y de que no era nada malo. Además, que ellos también se tomasen la pastilla le dio cierta confianza. Le gustó. Y ellos le ofrecieron más, no le iban a cobrar nada por esas pastillas. Si luego quería comprarles unas cuantas más, entonces ya lo pagaría.

La visita se estaba alargando más de lo previsto, pero no pasaba nada, Raquel tampoco tenía prisa aquel día y se sentía cómoda con aquellos chicos, lo estaban pasando bien. Entre risas el mayor de los chicos le pidió un beso. Ella, casi totalmente inhibida, se lo dio: primero en la mejilla, luego en la boca. Él le puso una mano en las tetas y ella se rio y la apartó bruscamente. “Era una broma”, pensó ella. Lo volvió a hacer y ella repitió el mismo movimiento. Luego, el joven le tocó el culo. Para ser una broma ya estaba bien, se estaba empezando a sentir incómoda con aquellos tocamientos. Así que le dieron una pastilla más y en unos minutos ya no se quejaba tanto, solo los miraba como pidiendo que parasen con aquel juego, pero ni siquiera lo decía. Pronto dejaron de tocarla por encima de la ropa y empezaron a meterle la mano por debajo del sujetador y por debajo del pantalón y las bragas. Estaban acosándola sexualmente y ella se daba cuenta, pero, por las pastillas, cada vez se encontraba peor y apenas tenía fuerza para decir algunas palabras inconexas entre sí. Ellos, por el contrario, cada vez lo estaban pasando mejor; estaba siendo fácil, apenas ofrecía resistencia. El mediano de los tres camellos era el que menos participaba, miraba desde uno de los dos sofás que había en el salón. Le quitaron la ropa, sí, la desnudaron y los tocamientos se extendieron por todo el cuerpo. Le cogían las tetas, las arañaban y se las apretaban con fuerza, jugaban lamiéndoselas y mordiéndole los pezones. Le hicieron algunos arañazos que ya empezaban a sangrar. Le fueron metiendo los dedos en la vagina, primero seca, a la fuerza, y luego cada vez más húmeda por la fricción. El mayor de los camellos la tiró al suelo y le dijo que se pusiera de rodillas, pero ella no lo hizo. En realidad, no solo no quería, sino que no tenía fuerzas para hacerlo. Él lo comprendió, así que le escupió, la levantó cogiéndola por el pelo y la sentó en el segundo sofá, dejándole la cabeza apoyada sobre el respaldo, se bajó los pantalones y metió su pene erecto en la boca de Raquel. El joven, que lo vio, decidió quitarse también los pantalones y meter su pene en la vagina de la chica de dieciséis años. Raquel tenía los ojos rojos y llorosos, le estaba doliendo todo lo que hacían con ella. Su dolor era tanto que no podía ni concentrarse en el punto del cuerpo que le dolía, porque le dolía todo. Los violadores, mientras tanto, la insultaban llamándole “cerda” y “puta” y le narraban con antelación todo lo que le iba a pasar unos instantes más tarde, casi a modo de instrucciones, la manera en que ella se iba a tener que comportar.

Raquel solo quería que aquello acabara ya. No quería saber nada de ellos tres, ni de la droga, se iba a encerrar en su habitación y no iba a salir nunca más. Cuando el mayor de ellos se cansó de meterle el pene en la boca, se ausentó unos minutos del salón en donde estaban, cuando volvió llevaba varias cosas en la mano: una cuchara, una barra metálica, un destornillador y alguna cosa más. Cuando el joven de ellos lo vio, sacó su pene de la vagina de Raquel y le mostró su satisfacción por la idea que intuía había tenido el de cuarenta años. Ella cerró las piernas, las apretó y se intentó hacer una bola para protegerse. Estaba recuperando la fuerza, así que le pidieron ayuda al mediano: dos le abrían las piernas y el otro le metió la barra de metal bruscamente por el ano. Ella gritó de dolor, abrió muchos los ojos y sacudió las extremidades intentando liberarse. Ellos se alertaron por si alguien la había escuchado y le hicieron ingerir una pastilla más, y ya llevaba unas cuantas. Volvió a perder las fuerzas, esta vez ya casi no podía abrir los ojos y sacaba espuma por la boca. Le metieron el destornillador y la cuchara en la vagina y la barra metálica de nuevo rectalmente. El juego consistía en ver cuál de los dos participantes, el mayor y el joven, metía los objetos más hacia el interior del cuerpo de la adolescente. En cuestión de segundos, chorros de sangre oscura salían de sus orificios. Tenía revuelto el estómago, por la boca expulsaba saliva, sangre y vómito, pero el dolor hizo que poco a poco Raquel comenzase a no sentir nada, comenzaba a desfallecer.

-Si se os muere, la cagasteis -dijo el mediano.
-¿Qué decís?
-¿Es que no le viste la cara? -respondió con cierta chulería-, ya ni tiene color y no deja de sacar sangre, mirá. Fijate en sus ojos.

Ambos la miraron y sí, el mediano tenía razón: Raquel había perdido el conocimiento. Decidieron llevarla a la bañera, lavarla y trasladarla al hospital, para que no muriese, alegando que había consumido excesiva droga, una sobredosis. Pero antes de ello, el joven de los violadores decidió eyacular en la cara de Raquel antes de bañarla, para no quedarse con las ganas. Habían reventado a la chica por dentro. Le habían roto los tejidos de las cavidades de su cuerpo. La bañaron y la vistieron, pero no dejó de perder sangre. En el hospital, los médicos no lograron reanimarla y murió. Pronto notaron que aquello era algo más que una sobredosis.

Esta adolescente de dieciséis años murió mientras unos hombres de selva la violaban salvajemente, unos hombres de selva que no se preocuparon por Raquel hasta que no vieron que se estaba muriendo y que ello les podría traer problemas. Esto no es literatura. No es arte rupturista y provocador. Esto no es un relato erótico, un relato de una violación, ni un cuento grotesco que trate de removerle las tripas al lector. No; por desgracia esto no es literatura, esto es la realidad, es una noticia real. Raquel no se llamaba Raquel, se llamaba Lucía Pérez, pero Raquel es Lucía, y Lucía es Silvia, y Silvia es Marilyn, y Marilyn, Vanesa Débora, y Vanesa Débora, Milagros, y Milagros es Andrea, es Marta, es Asunción, Carmen, María, Alejandra. Son una y la otra, y la otra; son todas. Pero cuando las cifras pasan de tres, no somos capaces de imaginarlo, pasan a ser solo números. Y nosotros solo les podemos regalar el recuerdo que nos queda de ellas, a veces para siempre, nuestra consideración, tal vez algún texto reivindicativo y nuestras manifestaciones para que esto acabe ya. Pero vivimos en un mundo que genera esto, medidas y sentencias insuficientes de los gobiernos y de los jueces contra la violencia de género, la industria del patético porno comercial y una sociedad enferma que lo consume, la contaminada cultura de masas que alienta estos comportamientos, las películas que vemos, las series y los programas de televisión, la prensa, los best sellers, la publicidad que normaliza el machismo, quizá la falta de reflexión de los habitantes de todo el mundo, quizá también la falta de educación ya desde pequeños en casa de nuestras familias. Lo que a Raquel, a Lucía y a las demás les pasó, y les pasa, no es solo lo que viene de las manos y cuerpos de sus maltratadores, sino de la sociedad de la que surgen, de la sociedad que los produce, una sociedad que de jóvenes nos dice “tranquilo, que el feminismo, como todos los radicalismos, se termina cuando uno crece y madura”. Pues yo no quiero crecer si es para perder sensibilidad, porque no somos capaces de sentir el maltrato hasta que no llega al estadio de violencia física, y quizá ni entonces, porque ante un número mayor que tres solamente somos capaces de leerlo, porque somos nosotros mismos los que lo toleramos, porque al lector no se le revuelven las tripas hasta que no aparece la palabra ‘vagina’ o ‘violación’. Y quizá yo cada vez sea más inmaduro, no lo sé, pero, sin duda, cada vez creo más en la necesidad de un feminismo, de una consciencia real sobre uno de los más grandes problemas de nuestro mundo selvático. No hay excusas, no vale que el machismo sexual sea biológico o que exista en muchas especies animales, no vale decir que las chicas van provocando, ni que uno cuando se enfada no controla sus actos, eso no justifica nada, lo único que hace es agravar el problema, normalizarlo. Y no vale decir que no hay tantos casos de violencia machista como para considerarlo un gran problema, porque aunque solo fuese una más, ¡una más! y ya serían demasiadas más. No existe la superioridad de género, es una ficción, pero es que si existiera, tampoco justificaría las agresiones. Y para los que son conscientes pero desplazan la responsabilidad a los maltratadores, a los políticos y a los jueces, tienen que saber que si pensamos que el cambio no depende de nosotros, nunca llegará. Los cambios empiezan en nosotros mismos, cambiamos nuestros comportamientos y contagiamos este comportamiento a los que nos rodean, a nuestros hijos, a nuestros hermanos, a nuestros amigos, y la consciencia se contagia a todo el mundo. Creemos, pues, una cadena de comportamiento ejemplar que ponga fin a esto. No podemos permitir ni una sola víctima más. Somos humanos, no animales, y si algo nos distingue de todos ellos es la capacidad de ser inteligentes. Aprovechemos esa capacidad, reflexionemos sobre el mundo en que vivimos, sobre todo lo que leemos y oímos en las noticias, sobre lo que la sociedad quiere que nuestro cerebro engulla en forma de literatura, cine y televisión y cambiémoslo de una vez. Seamos capaces de sentir todo esto y castiguemos no solo al maltratador, también a los políticos y jueces que desplazan la responsabilidad. Una víctima más es una mujer menos, no lo normalicemos.

25 de noviembre,

Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Cuando Amon Moses cogió la luz

Cuando Amon Moses cogió la luz se le quedó pegada a la mano como un agua espesa y dulce, como si tuviese azúcar. Es posible que tuviera azúcar, porque se relamía los labios con frecuencia, en sus cuencas lucían dos cerezas escarchadas de miel y el corazón le doblaba el tempo como un mal director.
En Luisiana, cuando era más joven y su viejo padre todavía cazaba cocodrilos con Jerry, Stuart  y Glen “the peanut” (cuyo apodo sospecho que fue idea del mismo Amon padre, hace muchos años, por la forma ovalada y pequeña de la cabeza de Glen), pasaba los días con su madre, su hermano pequeño Fred y un vecino del barrio, David… Daniel…, algo así. Pese a ser omnisciente no lo recuerdo bien, siempre hay pequeñas lagunas hasta en las memorias más despiertas, algún lugar en el que reposar de tanto saber acumulado, charcas discretas y reposadas dónde flotar y dónde la duda nos ofrece un espejo. Pero hablábamos de Amon Moses, no de mí, y decía que pasaba el tiempo con su madre, su hermano y un amigo.
Rachel Wood, ahora Rachel Moses, era su madre. Solía barrer el porche, hablar mal de los mormones, judíos, musulmanes, católicos…, tocar la guitarra y contar historias, porque en la familia era ella la que mejor las contaba. También le gustaba ir a la iglesia los domingos y llevar a su hijo Amon con ella. Amon iba con gusto,  le encantaba ayudar al reverendo Sanders y que este le susurrase al oído lo buen chico que era y le diese propina. Nadie salvo su tío Chad de Florida y el reverendo le daban propina al joven Amon Moses, así que estos eran para él los hombres más buenos del mundo. También Jesús, su madre y el reverendo se lo recordaban un montón de veces.
El primer contacto que tuvo con la luz fue precisamente en la iglesia del reverendo Sanders. Su madre le estrechaba la mano, el sol entraba a raudales por los costados e inundaba la sala de un vivo calor amarillo y azul, del color de las vidrieras. Su vista se detuvo un instante en la alta imagen de Cristo crucificado y en el fondo de sí mismo, con las palabras encendidas, hablaba el reverendo, y hablaba de amor.
Mostraos a Dios con los brazos abiertos. No hay razón para dudar de un sentimiento si este atraviesa un corazón puro y una santa predisposición. Él es la luz eterna y nosotros sus breves reflejos, solo con el amor podemos acercarnos a esa luz primera, y no hay duda, no hay nada que temer, si uno tiene fe no debe temer la caída, debe lanzarse a sus brazos de frente, con los ojos, la boca, las palmas, los brazos entregados. Juan dice en el versículo 19 de su capítulo 4º: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” Y sigue diciendo en el 20 y el 21: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, pero aborrece a su hermano, es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.”
¿Y cómo explicar el fervor de Amon Moses en aquel momento, que pensó en su hermano con los ojos repletos de un brillo palpitante, y en todo lo que lo quería, pensó en abrazarlo y que eso que sentía debía de ser Dios?
Esa luz no tardó en palidecer, fue algo bonito, breve, y no enfermó nunca más de esa luz. Perdió la santa predisposición de la que hablaba el reverendo Sanders. Eso creía, vamos, aunque siempre tuvo algo guardado en una cajita del pecho. Con el pasar de los días, los meses y los años, enfermó de nuevo, cogió otra luz. Esta es la luz de la que vengo a hablar.
Amon se acercó a ella sin reconocerla, casi podría decirse que no la vio venir. ¿Cómo no supo verla siendo ella, precisamente, la razón de ver? Amon no era exactamente un águila. Era más bien un niño torpe que hacía preguntas, y muchas ni siquiera las dirigía, las lanzaba al aire. No era exactamente un águila.
En el contoneo amarillo de su piel Amon se perdía más lejos que aquella vez en la iglesia del reverendo Sanders. Le parecía tan pequeño el fango, tan poca cosa desde la altura y la magia, que a menudo se sorprendía riendo sin razón, con los labios sueltos.
Viéndose así, liberado de las penas que dibuja la consciencia, decidió quedarse allí arriba hasta caer en picado, de bruces, o hasta que alguien lo bajase por los pies hasta el polvo ligero del suelo y la nube de siempre devolviese ensombrecida la luz al sino del hombre. “Al menos sabré a qué sabe la luz”, se dijo.
Cuando la luz muera, y Amon sabe que es cuestión de tiempo, porque todos cerramos los ojos, podrá abandonarse de otro modo al ostracismo del silencio. Podrá incluso alejarse. Podrá regresar a la certeza de la injusticia y la sinrazón, pues sin duda es más fácil enfrentarse al vacío oscuro de la existencia con un poco de azúcar y un poco de luz en las manos o en la memoria. Parece una reflexión de andar por casa, un estribillo corriente, pero no deja de ser importante. No le quiten importancia, por favor, está muy feo tomarlo todo a la ligera. De todas formas esto lo digo yo, Amon no había pensado en ello todavía.
El día que Amon Moses cogió la luz, el mundo no cambió en absoluto. Su viejo padre seguía hablando de viejos amigos y viejos cocodrilos. Y sin embargo era todo tan distinto… Digo yo que serían esos ojos escarchados suyos, que enceraban lo que veían. ¿Qué queda del brillo cuando se va la luz? Ahora sí se hacía esa pregunta, y no sabía responderla.
Pobre Amon Moses, está enfermo de felicidad, ojalá no se le pase el bienestar y la luz camine cogida de su mano.


F2

Alzó el telón de mariposas.
Y las gargantas que debían abrirse
Se opacaron por el escalofrío de tu cuerpo.
Sus erizos ahora juguetean al villar.

-¿Acaso un amor es igual a otro?
¿Acaso un beso, una caricia, un orgasmo,
no depende de las pieles implicadas,
 aunque algunas pecas se repitan…?

---Si eres capaz de estornudar en cien idiomas diferentes,
cómo no sabrás amar de mil pieles diferentes. En mil lunas acuestas.

-Pero las malogradas palabras nos recuerdan
a ecos que ya oímos.
Labios que ya mordimos.
Gemidos que todo vecino escuchó.

---No comprendo el sonido obtuso de sus bocas.
---Solo son símbolos que en tu frente se revelarán
con la caricia tierna de un bostezo. 

-Hubiésemos matado al segundo poeta que habló de amor
Si solo las palabras importaran.
-Pero a instantes solo las palabras nos abrazan
y los despacios suavemente te acuchillan.

De cuclillas inventa palabras que decir del revés
Y latidos que le saben a pierna abierta.

---No hay vocabulario para tanta boca.
Le sobra eco a este silencio.

-Pero cómo clavar el tallo de una flor
En el corazón profundo de la mariquita,
Sin hundírselo tanto que llegue hasta la mosca
Y tener que chupar el polen de su oreja.

-Clavar la amapola en el punto justo,
Y a la temperatura exacta
Es como besar los dientes
Justo antes de que dibujen una espalda.

---Detengan a mitad el espectáculo refractivo.
Que salieron de pronto y sin aviso
Como un grillo en coma, sucio, a olerse los nudillos.

-¿A qué aguardamos, este tiempo vacío de enunciado?
- A que vuelen las uñas, a que corran en sus sitios.

Regresó valiente la araña,
mojada ya siempre por tu rocío 
---Continúen. 

-Todavía no terminamos, cabellera.
Vayan a hacerse nudos el amor,
Durante los años que precisen
aguardaremos aquí, cíclicas, insomnes
a que sus alaridos floridos se conviertan en animales.

---Que doblen la función
Que yo me quedé con los pies sin aplaudir .


Los pantalones de pana le sentaban bien

Sé que ahora me pesa un poco el cuerpo y sé que es porque me siento solo. Espero de corazón que se me pase, me gusta la soledad, la necesito, pero empiezo a cansarme. Maldita suerte. Le sonrío con media sonrisa al papel cuando lo escribo, como si te lo estuviese diciendo a ti. Maldita suerte. Las palabras me van saliendo de los dedos como ramas, como rayos, como pequeños y desbordados afluentes de mis penas. Panta rei, todo fluye, ya lo decían los griegos, cuando les dejaban hablar. Pero es como si se me hubiese estancado la pena, y es por la puta soledad. Al final todos estamos solos, nacemos solos y solos morimos, como… lágrimas, como ahora ¿no? También puede ser que me haya estado engañando, que todos seamos parte de lo mismo, que no sea una ilusión estar juntos, que la ilusión sea la soledad. ¿Estaremos todos en el gran océano de la muerte? Yo no sé si quiero ir a morir allí, si está Mario no quiero ir. Tampoco sé si tengo opciones. Solo sé, y empiezo a repetirme, que me pesa un poco el cuerpo y que me siento solo. Y empiezo a dudar eso de que todo fluye, no debe de ser tan fácil si cada día regreso al mismo sentimiento y el río no me limpia el pecho. Es una angustia que me enfrenta al papel algunas tardes y muchas noches. Al menos le debo agradecer eso.
Anoche soñé contigo, principito, y te me escapabas por la arena blanca de una playa tan de mentira que era bonita de verdad. No era la misma playa, pero tú estabas igual, y una iglesia al fondo, sobre un acantilado, también blanca pero de cal, con una simple cruz en la frente, como los hijos del coronel Aureliano Buendía. No he dicho en serio lo de que no quiero ir si tú estás allí, lo he dicho sin pensar. La verdad es que pensamos poco, o el problema es que seguimos sabiendo poco. Sabemos muy poco. La gente apenas se conoce, digo conocerse a mirarse a los ojos y no verse reflejado, a meterse hasta el fondo. Y cuando hablamos… nunca salen las preguntas precisas y nunca llegan las respuestas exactas, solo balbuceamos en esto de conocernos. Igual follando se me pasa el malestar, yo que sé… No es tan mala la tristeza… aunque me vendría bien un abrazo, uno de los tuyos quizás me calentase un poco el cuerpo y me abriese un poco la boca. Todo lo que pido, como veis, es un poco. Sabes, ahora pienso que el problema no es ese, no es que sepamos muy poco. Como diría el gran Silvio: “el problema, señor, sigue siendo sembrar amor”. Me voy a quedar con esa idea, de momento.
A pesar de todo siento una paz infinita cuando escribo y cuando te escucho cantar, oculto en el fondo de los bares. No me importan las pequeñas herejías que a cada rato se cometen. Son humanos, tosen, se mueven, hacen ruiditos… habrá que perdonarles. Pero algunas veces consigo aislar tu voz sola en mi cabeza. La voz se te suspende unos segundos vibrando suavemente, como una cortina de espuma blanca sobre una ola. Y de nuevo regreso al mar, a la playa, a la iglesia de cal al fondo, en lo alto del acantilado, en el último peldaño terrenal de ese sueño. Y te giras a mirarme, mientras caminas descalzo sobre la orilla. Aunque solo sea por eso…